Mundo Cine

Pasa cada vez más seguido, o sigue pasando en cada ocasión que lo amerite. Y, sobre todo, en las que no lo ameritan. A principios de 2017 me pidieron una nota para La Nación que llevó título “La La Land: por qué no es ni ‘la mejor película de la historia’ ni un bodrio”. Ese, como la mayor parte de los títulos que aparecen en los diarios, fue puesto en la instancia de edición. Los títulos de los diarios, cada vez más, suelen intentar ser “gancheros”. Estamos en la era de buscar y buscar y buscar y mendigar clicks. Y se nota, claro, cada vez más, y no particularmente con ese título, que apenas invitaba a leer una nota sobre cine que -justa o injustamente- hablaba de las exageraciones que buscaban y buscan ser gancheras y cancheras, y a veces arteras. O, a veces y casi siempre, simplemente cansadoras.

Entre mis escasas habilidades está la de no leer aquello que no quiero leer. Algo así como una habilidad negativa, una que casi que no debería llamarse habilidad. De todos modos, ante una exposición aunque sea mínima a las redes sociales y las notificaciones, no es tan sencillo no haber leído prácticamente nada sobre Érase una vez en Hollywood de Quentin Tarantino. Y escribo y dudo, ¿se llama “Érase una vez”? Chequeo y ¡no!, se llama Había una vez en Hollywood. Sí, Once Upon a Time es hoy en día mayormente traducido como “Había una vez”. Pero las películas de Sergio Leone, referenciado y reverenciado una y otra vez en la nueva película y en el cine de Tarantino, aquí se conocieron como Érase una vez en el Oeste y Érase una vez en América (imagino que hoy le pondrían “Había una vez en Norteamérica”, aj).

Hace un par de semanas me entrevistaron en el programa de radio “Pensándolo bien”, conducido por Jorge Fernández Díaz en Radio Mitre. Su primera pregunta fue un verdadero concentrado de sentido, uno de esos puntos de partida que no solo permiten explayarse con libertad sino que además encuentran, identifican un sentido flotante que se resume de forma muy contundente y seductora.

Cuando uno ve a Bradley Cooper en La mula de Clint Eastwood no solamente observa escenas bien construidas, con la inmensa capacidad del veterano director para dotar de fluidez, gracia y grandeza sin alardes cada situación. También se hace muy evidente la comodidad actoral -y también de moral cinematográfica- de ambos al estar juntos, algo que va más allá del relato y que a la vez lo enriquece.

A un mes de que proliferen las notas sobre el aniversario número 120 del nacimiento de Alfred Hitchcock, voy a vaticinar algunas cosas. El 13 de agosto de 2019 se va a decir que “hoy Hitchcock cumpliría 120 años” y también se va a usar esa infausta expresión de “un día como hoy” pero de tal año… Un día como hoy, sí, de esos de 24 horas. Y alguien va a decir “cumple” en lugar de cumpleaños. Y voy a vaticinar aún más: la obra de Alfred Hitchcock será revisada y condenada y vilipendiada por la policía ideológica del cine, que progresivamente va borrando de la faz de la tierra a lo que supo conocerse como crítica de cine.

Nunca había ido a una gran ciudad cercana como San Pablo (São Paulo), Brasil. Fui, y volví, y aterricé en Buenos Aires veintisiete horas después de lo previsto. Pero los detalles de esa demora nada tienen que ver con lo que fui a hacer a la ciudad: estuve en el festival In-Edit, un evento amable, atractivo y diverso para esta actividad (link aquí). Y, claro, para además ver algunos documentales musicales. 

Hace unos cuantos días publiqué en este espacio la tercera de una serie de columnas en modo queja, con estupor y un poco de pedantería, acerca del estado del cine, en especial de la distribución y la exhibición. Por aquí pueden ingresar a las tres: (link aquí). A partir de la última, alguien que suele leer mis notas me hizo una amable observación de que quizás fuera mejor, sin negar la crisis, ser más positivo: en lugar de quejarse de que ya casi nadie contempla la variedad del cine, mejor indicarles dónde está, dónde resiste, o dónde va a estar próximamente.

Hubo películas buenas en Cannes 2019, también muy buenas, excelentes. El festival más prestigioso del mundo “se cubre” periodísticamente, a veces incluso -aunque cada vez menos- se lo discute críticamente. Se distribuyen fotos de la famosa alfombra roja, de los reyes del glamour, de las estrellas, de los eventos. Hay gente que prepara la manera de hacer más ruido, de revestir de más carácter de evento al evento. Con todo eso, más allá de la película de Quentin Tarantino, la de Pedro Almodóvar y algunas otras, cada vez menos gente en el mundo sabe qué cosa son, o cómo es que existen y dónde existen, “las películas de Cannes”, cada vez hay menos público para ellas.

Miércoles 8 de mayo, seis de la tarde, la hora en la que mucha gente termina de trabajar. Supongamos que uno está cerca del Abasto y quiere ir a ver algo así como una película a ese lugar, con el aliciente de que es miércoles y la entrada es más barata... O no está cerca del Abasto, pero el posible espectador es de esos seres que tienden a la nostalgia y quieren recordar aquellas épocas en la que el Bafici tenía como sede principal las salas del Hoyts Abasto. Sea como sea, a alguien se le ocurre revisar hoy la cartelera del Hoyts Abasto, es decir el complejo de mayor venta de entradas de la Ciudad de Buenos Aires. Y lo que encuentra es que en las doce salas se ofrecen… a ver… ¿cuántas películas?

Hace más de 20 años que escribo sobre cine. Y tanto en la revista El Amante como en otros medios he escrito no sólamente crítica de películas en particular sino también notas con números, datos, y advertencias acerca de la progresiva destrucción de la variedad del cine, del peligro del crecimiento monstruoso del “film-acontecimiento”, del evidente desastre que ocurriría si seguían estrenándose películas con cada vez más copias. Ya pasaron más de 15 años de las primeras de esas notas, incluida una entrevista-debate con Jorge Coscia, quien era el presidente del INCAA en un momento clave y fatalmente desaprovechado. Todo eso está publicado, impreso, se puede encontrar. No eran iluminaciones especiales mías, y probaron no ser paranoias: eran constataciones a partir de lecturas de libros, de Las Guerras del Cine de Jonathan Rosenbaum por ejemplo, y del estudio de casos históricos de países como Francia, Corea del Sur y otros.