Mundo Cine

Por séptimo año consecutivo estoy en el Festival de cine de Berlín, la Berlinale. En 2012 fui por primera vez y escribí algo aquí mismo. Ya no sé si considero verdad todo lo que puse ahí. Pero eso no importa, pasaron seis años (2012-2018, seis años, siete ediciones distintas; ya volveremos seguramente sobre este asunto de los números en unas semanas por la edición número veinte del Bafici). Eso sí, aclaro que algo de lo antedicho es, hoy, una mentira: eso de “estoy en el Festival”. Será verdad -espero- cuando se publique esta columna. Pero escribo por adelantado, desde Buenos Aires. Viejas costumbres del periodismo: el “ayer pasó tal cosa” escrito hoy, el mañana escrito también hoy, los obituarios redactados y a veces llorados con los grandes octogenarios vivos. Vuelvo a la Berlinale, y recuerdo la edición del año pasado, porque los ecos siguen hoy, en la nueva edición, a la que voy a viajar en 10 días, y estará sucediendo cuando esta nota esté disponible para leer de forma pública.

El Oscar, ese elemento tóxico. Bueno, no tanto quizás. Porque sirve para que se vuelva a hablar de cine, al menos por poco más de un mes. Algunos, por motivos profesionales (aunque lo haríamos igual si tuviéramos otros trabajos, porque antes cinéfilos que aplicados) hablamos todo el año de cine; pero hay un “público ampliado”, que en enero-febrero habla de películas así como en unos meses hablará del mundial de fútbol, que hoy presta especial atención a actores y directores, y a historias de las que antes estaban con mayor frecuencia en la cartelera. Sería muy snob quejarse de esa atención, y sería poco estratégico. Hay que hablar de los Oscars, pero no para llevar la conversación a los Oscars sino al cine. Que no es lo mismo.

Viajé a Japón. Estuve en Dotombori, Osaka: vi las luces, vi los carteles en movimiento perpetuo y vi los puentes, inspiraciones para Blade Runner. Pude pasear en Tokio y en Kyoto por muchas calles y casas que hacían pensar en Ozu, y pude ver lo obvio: que el encuadre dentro del encuadre no es difícil de encontrar fuera del cine en un país devoto de la estética. Pero mi mayor interés -o fetiche, a qué negarlo- se relacionaba con otra ciudad, la que fue capital de Japón antes que Kyoto y Tokio. Nara, la ciudad de Naomi Kawase. O, para ser más específicos, la ciudad de Shara, una de las películas que más quiero, o que más quise; a qué negarlo: la carrera posterior de Kawase, menos localizada, menos atada al terruño -es decir menos telúrica, palabra que hay que recuperar por fuera de sentidos peyorativos o meramente cínicos- quizás haya echado alguna mínima sombra sobre Shara. Pero no nos centremos en lo que vino después sino en el encuentro con esa película fundamental.

Para esta ocasión pensaba en desarrollar argumentos acerca de mi lista de 10 mejores estrenos del año, que salió en La Nación hace unos días. Fueron estas, en este orden: Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge) (Mel Gibson) / Elle – Abuso y seducción (Paul Verhoeven) / Dulces sueños (Marco Bellocchio) / Baby: el aprendiz del crimen (Baby Driver) (Edgar Wright) / Sieranevada (Cristi Puiu) / El otro lado de la esperanza (Aki Kaurismäki) / Aquarius (Kleber Mendonça Filho) / Anina (Alfredo Soderguit) / El amor se hace (Paco León) Kimi no Na wa (Makoto Shinkai). Pero no, ya escribí sobre todas ellas, o sobre casi todas, y encontré algo que tenía escrito sobre Jim Carrey, que ha sido objeto de atención últimamente, incluso aquí mismo. Y ante la ausencia de comedias y cómicos cada vez más acuciante, quizás sea mejor dejar este texto como balance, o como homenaje al pasado, o como deseo para que en el futuro haya más cómicos, o como quieran considerarlo.

Reviso la lista de 10 mejores estrenos de 2017 y, aún sin incluir películas argentinas (durante muchos años tuve en general entre una y tres en el listado), por primera vez me ha pasado que no tengo ni una película que cumpla con estos dos requisitos: ser dirigida por un estadounidense y que la haya producido una de las seis majors, que en un futuro próximo serán cinco (Sony, Disney, Fox, Warner, Universal, Paramount). De hecho, hay en la lista una sola película dirigida por un estadounidense, y la mayoría de la gente cree que ese señor es de otro país porque creció en ese otro país. Pero los detalles y comentarios sobre esa lista estarán en la columna que se publicará el 5 de enero. En esta ocasión quiero mencionar otras películas estrenadas este año.

Diciembre, calor, medios que publican balances, gente que hace sus balances en las redes, año puesto en perspectiva cuando suele faltar en general entre un 7 y 8,49% del período en cuestión. Siempre me pareció extraño hacer balances a principios de diciembre. ¿Al año siguiente consideran diciembre del año anterior? No, no lo hacen. Ahora no hacen balances de doce meses que van de de diciembre 2016 a noviembre 2017. Es que no vende eso, es complicado, pierde la elegante simplicidad del “2017 en perspectiva”. Así las cosas, diciembre es sacrificado, porque parece que no vende hacer balances cuando ya terminó el año, que sería lo lógico. Pero no importa la lógica, y como suele suceder con “las fiestas de fin de año” que empiezan en noviembre, los medios se apuran por salir antes que los otros con sus balances y aledaños.

Hace algunas semanas escribí sobre una película imprescindible que vi en la edición número 50 del Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Catalunya (o sea, Sitges). Sobre una de esas películas que tienen el poder de refundar el cine por sí solas; o por lo menos nuestra confianza, nuestro amor y nuestra fascinación por él. Lo que escribí acerca de Brawl in Cell Block 99 está aquí

Vuelvo de viaje. No estuve muy conectado a las redes sociales. Me llega algo, de rebote, de que alguien dijo algo sobre el mate. Empiezo a leer sobre el tema. Malhumor. Me enojo, no con la señora de la queja sino con el linchamiento público a partir de un mensaje privado. Bilardo había dicho algo en una radio, y era bien agresivo, sobre alguien que tomaba mate. Fue considerado “gracioso”. Ni siquiera quiero argumentar, comparar, desarrollar. Todo me genera más malhumor. Hace un par de años, en La Agenda, luego de hacer un texto en contra de la idea argentina de desayuno y contra la chocotorta, me ofrecieron una columna quincenal, que se agruparía en una sección llamada “Libro de quejas”. Cuando asumí como director artístico del Bafici, ya no pude seguir con las columnas. Una quedó empezada, era contra el mate, quedó en esto:

Brawl in Cell Block 99 es una de las mejores películas del año, o de varios años, qué tanto: no vamos a andar escatimando el alcance temporal de los elogios ante una película así de imponente. Por supuesto, salvo algún milagro, no se estrenará en los cines argentinos. En Estados Unidos se lanzó en algunas salas el 6 de octubre, y una semana después ya estaba disponible para comprarse en digital y verse en Video on Demand. Es decir, su estreno en cines ni dio tiempo a que se generara una polémica, un culto o algo que se sintiera como relevante, como parte de una discusión o puesta en común por parte del público; de todos modos, más allá de su disponibilidad en ITunes, no iba a ocurrir nada de lo anterior por más que tardara en estar disponible legalmente en Internet: el público ya no se relaciona con el cine como antes. Y esta es una película que se siente, que pega, que emociona, que -vista en cine- hasta puede conmovernos intensamente. De todos modos, no descarto que incluso vista de forma hogareña pueda generar emociones similares. Es una de esas películas que podrían haberle gustado a Pauline Kael, porque Brawl quiere que involucremos muchos sentidos, porque se experimenta como película erótica sin ser de ese género: es una película que nos atrae y repele físicamente, que nos interpela con fuerza.

El viento sopla donde quiere. Y en 2017 el cine, cada tanto, respira. Todavía hay películas que pueden buscar con ahínco su propio equilibrio antes de tomar las grandes decisiones, que pueden moldear su alma al conectarse con aquello que estaban y estábamos buscando, casi siempre a tientas. Sabemos que queremos algo, pero no estamos seguros de hasta qué punto eso se está alejando, se hace cada vez más raro. Algo de eso le pasa al cine de animación desde hace años, sobre todo desde que Disney y Pixar se han enemistado con la gracia; Frozen fue el último relato al que supieron dotar de alma, al que supieron cabalmente animar. No han desaparecido las sorpresas, los hallazgos, el fluir grácil de algunos relatos, pero parecen hacerse cada vez más escasos entre demasiado ruido, por eso es importante celebrar aquellos films fundamentales: Las aventuras del Capitán Calzoncillos: la película es uno de ellos.

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