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Vamos a hacer algo a destiempo, que es seguir hablando -escribiendo- del Oscar a casi dos semanas de la entrega de los premios. Habitualmente, a los dos o tres días ya no quedan ecos del asunto. Esta vez, sin embargo, hubo una sobrevida del tema por ese final en el que unos estaban festejando y en dos minutos cambió todo, como a veces pasa en el fútbol, justamente esta semana. El error organizativo, de reflejos, etc., que hizo que el premio a la mejor película cambiara literalmente de manos cuando ya muchos habían apagado el televisor fue uno de esos momentos que explican muchas cosas, un nodo fundamental, un concentrado de sentido.

1. Murió Seijun Suzuki, uno de los directores japoneses fundamentales que seguían vivos. Su última película la hizo en 2005 (Princess Raccoon). Y la anterior, Pistol Opera (2001), había marcado su regreso luego de varios años. Ya estaba acostumbrado a pausas: Suzuki había tenido que refugiarse durante una década en la televisión por conflictos con el jefe de Nikkatsu. Los estudios japoneses y los géneros, y esos varios directores del sistema que lo sabían -y saben- dinamitar desde la práctica, aún con dificultades. Pistol Opera, una de las películas más fascinantes y anómalas de asesinos seriales (asesinas, en este caso), se dio en el Bafici 2003, dos años después de su estreno en Venecia. En esos años, las películas duraban mucho más que ahora en el circuito de festivales. En la actualidad, la duración promedio de una película circulando por festivales es mucho menor. En algunos casos extremos las películas “duran” apenas un festival, porque se venden a sistemas de distribución vía internet y solamente se estrenan en salas en su país de origen.

1. La nueva película de Ben Affleck, Vivir de noche (Live by Night), no había tenido buena recepción en la crítica estadounidense. En ese sentido, y a juzgar por el delirio de elogios superlativos hacia una película tan mediana como Luz de luna (Moonlight), había esperanzas. Pero, por sobre todas las cosas, los antecedentes de Affleck como director -Desapareció una noche (Gone Baby Gone), Atracción peligrosa (The Town) y Argo- mostraban a un realizador tan seguro como sorprendente, alguien que podía entender el clasicismo y que se animaba a seguir las huellas de Clint Eastwood, Michael Mann y hasta el cine americano de los setenta.

La animación de Moana: un mar de aventuras es tan poderosa que sin mucho más que con el brillo y la expresividad de los ojos del personaje del título ya podrían generarse emociones de alto impacto. De hecho, esto parece ser reconocido por la película de inmediato. Cuando vemos a Moana pequeña, junto a otros bebés, ella es la única que tiene animación distintiva en los ojos. La que posee, digamos, alma. Y esto se mantiene durante todo el relato. El rostro de Moana, la elegida, tiene una expresividad fascinante. O que podría ser fascinante, si no quedara mayormente desperdiciado y a la deriva.

Hay una frase de Oscar Wilde que dice algo así como que la arquitectura define la vida de la gente, sus nociones de belleza, su relación con el arte. La arquitectura del hogar y también de las casas vecinas, del barrio, de la ciudad. Siempre me pareció una de sus frases más acertadas. No recuerdo en qué libro está. En realidad sí me acuerdo, pero -para seguir con Wilde- me disfrazo de que no me acuerdo. Porque me acuerdo de otras cosas. Y de lo que quiero decir que me acuerdo, y de verdad me acuerdo, es en qué cine vi las miles de películas que vi antes de la era de los multicines, de las cadenas con gente que te corta la entrada y te dice “que disfrutes la película” aunque te dispongas a ver Irreversible.

La semana pasada hice un primer balance, sin incluir cine argentino, de las películas estrenadas comercialmente en 2016 en este país. Una oferta de la que muchos se quejan porque no es todo lo variada que sueñan pero que en realidad es más variada que en cualquier otro país de sudamérica, y de centroamérica. Sí, podría ser más variada, como en Francia, pero el francés es un sistema de distribución y exhibición con una sofisticación y una tradición y un trabajo de educación del espectador por ahora lejanos a nosotros.

Diciembre otra vez, y empiezan los balances. Incluso algunos medios los empiezan... ¡a fines de noviembre! Pero ahora a mediados de diciembre, y cuando quedan solamente dos jueves para estrenos de cine, podemos decir que ya tenemos un panorama más claro del año. En estos dos jueves que quedan apenas se anuncian dos estrenos, uno para cada uno. Uno de ellos ya lo vi, y estará entre lo mejor de 2016 según mi balance, que empieza ahora, y dará varias vueltas.

Cuando se estrenaron las Batman de Tim Burton a nadie parecía importarle demasiado -bueno, seguro que sí a los productores- que el encapuchado interpretado por Michael Keaton fuera un personaje de DC; nadie mencionaba eso, o yo no me acuerdo. Hoy en día, ante cada película de superhéroes, se suceden las conversaciones de que si el universo Marvel esto, que si DC no puede con lo otro, que a ver cuando agregan a tal personaje, que el crossover de aquello podría ser mejor o peor. Confieso que aprendí a leer antes de ir al colegio primario, y que lo hice con historietas: la trinidad Andanzas de Patoruzú, Correrías de Patoruzito y Locuras de Isidoro. Pero no leía, con cuatro o cinco años, cómics de Batman o Superman o Capitán América. Más grande, como a los seis o siete, tampoco, más bien me gustaba Condorito, y cosas que salían en Anteojito o Billiken. Y después Mafalda, e Inodoro Pereyra, y Snoopy (Peanuts). Y otras cosas después, pero nunca me tentaron los superhéroes en papel. Me gustan Maus, Ghost World, Calvin & Hobbes, Manara, pero no superhéroes. Nunca pude. Sin embargo, veo casi todas las películas de superhéroes que abundan e inundan desde hace tiempo.

Abandoné La fiesta de las salchichas. Lo confieso. Después de veinte minutos de padecimiento no pude seguir más con los chistes de “uh, hablamos de sexo, jijiji, porque las salchichas son penes y los panes son vaginas”. No sé si es buena, mala, o regular. Sé de mi agotamiento, de cuando una película hecha de chistes no funciona conmigo ni una sola vez. Pero es de dos estrenos de esta semana, mucho mejores, o que me interpelan mucho más, de los que quería hablar. Los dos son sobre familia, y -a sus muy distintos modos- ambos son sobre economía, entre otras cosas.

Me había perdido Cigüeñas. Y al ver Trolls, de la que escribí acá, tuve la necesidad de verla con premura. Así que al otro día vi la primera película animada escrita y dirigida por Nicholas Stoller, que está haciendo una carrera muy importante centrada en la comedia (Forgetting Sarah Marshall, Get Him to the Greek, The Five-Year Engagement, Buenos vecinos). El codirector es Doug Sweetland, el del corto Presto de hace unos cuantos años y con destacada trayectoria como animador para Pixar.

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