Mundo Cine

El título de este artículo es el del libro de Jonathan Rosenbaum de hace casi dos décadas. En ese libro, entre muchos otros temas, Rosenbaum hablaba sobre cómo la oferta -en el cine- influye notoriamente en la demanda: básicamente y simplificando al extremo, si no hay más opción que unas pocas películas, la gente tenderá a ver esas pocas películas. Una variante a lo que ya se había preguntado Pauline Kael en los ochenta, ¿por qué seguimos yendo al cine si las películas son malas?, y se respondía que era “porque queremos ir al cine”. Ir al cine como necesidad cultural, social, espiritual, emocional, sensorial, etc. Hoy en día, hay gente que antes frecuentaba butacas que ha dejado de ir a las salas. Y esta semana el Festival de cine más famoso del mundo quedó en el medio de las estrategias de lanzamiento de Netflix y de los pedidos y quejas de los exhibidores franceses, que forman parte como asociación del board del festival.

Una semana antes de que empezáramos a empezar -sé de la redundancia- la reciente edición del Bafici, se encendió el asunto INCAA. Los detalles, las opiniones, los rumores, las mentiras, las pocas preguntas, las muchas respuestas: eso es asunto de alguna otra discusión y ya hablé mucho en diversas entrevistas. Con el correr de los días en los que se habló de financiamiento, presupuesto, fomento, producción y otros etcéteras, me di cuenta de que este ambiente de intercambio de ideas -en el mejor de los casos, en el más deseable, al menos por mi parte- podía permitirnos empezar a ir más allá a la hora de pensar en el futuro del cine argentino, y del cine.

12,6 millones: se afirma que en el primer trimestre de 2017 se vendieron más entradas de cine que en cualquier primer trimestre desde 1997, que es desde cuando se habla de “historia moderna” de los cines, desde cuando dicen que se miden los números “seriamente”, según la valiosa página cinesargentinos.com. Pero a esta noticia que fue replicada ampliamente le discutiría para empezar el título: que diga “de la historia” se presta a confusión, aunque después se aclare.

Esta nueva La Bella y la Bestia es una catástrofe de proporciones gigantescas. No, claro que no en términos económicos, porque es un gran super recontra archi éxito global y ya hay noticias sobre eso; y antes había gacetillas sobre el video tal, y acerca de lo que Emma Watson hizo o no hizo, y se puso o no se puso. Pero ese es un problema de otro orden, de otro tipo de lamentos y lutos, o de festejos según el caso.

Vamos a hacer algo a destiempo, que es seguir hablando -escribiendo- del Oscar a casi dos semanas de la entrega de los premios. Habitualmente, a los dos o tres días ya no quedan ecos del asunto. Esta vez, sin embargo, hubo una sobrevida del tema por ese final en el que unos estaban festejando y en dos minutos cambió todo, como a veces pasa en el fútbol, justamente esta semana. El error organizativo, de reflejos, etc., que hizo que el premio a la mejor película cambiara literalmente de manos cuando ya muchos habían apagado el televisor fue uno de esos momentos que explican muchas cosas, un nodo fundamental, un concentrado de sentido.

1. Murió Seijun Suzuki, uno de los directores japoneses fundamentales que seguían vivos. Su última película la hizo en 2005 (Princess Raccoon). Y la anterior, Pistol Opera (2001), había marcado su regreso luego de varios años. Ya estaba acostumbrado a pausas: Suzuki había tenido que refugiarse durante una década en la televisión por conflictos con el jefe de Nikkatsu. Los estudios japoneses y los géneros, y esos varios directores del sistema que lo sabían -y saben- dinamitar desde la práctica, aún con dificultades. Pistol Opera, una de las películas más fascinantes y anómalas de asesinos seriales (asesinas, en este caso), se dio en el Bafici 2003, dos años después de su estreno en Venecia. En esos años, las películas duraban mucho más que ahora en el circuito de festivales. En la actualidad, la duración promedio de una película circulando por festivales es mucho menor. En algunos casos extremos las películas “duran” apenas un festival, porque se venden a sistemas de distribución vía internet y solamente se estrenan en salas en su país de origen.

1. La nueva película de Ben Affleck, Vivir de noche (Live by Night), no había tenido buena recepción en la crítica estadounidense. En ese sentido, y a juzgar por el delirio de elogios superlativos hacia una película tan mediana como Luz de luna (Moonlight), había esperanzas. Pero, por sobre todas las cosas, los antecedentes de Affleck como director -Desapareció una noche (Gone Baby Gone), Atracción peligrosa (The Town) y Argo- mostraban a un realizador tan seguro como sorprendente, alguien que podía entender el clasicismo y que se animaba a seguir las huellas de Clint Eastwood, Michael Mann y hasta el cine americano de los setenta.

La animación de Moana: un mar de aventuras es tan poderosa que sin mucho más que con el brillo y la expresividad de los ojos del personaje del título ya podrían generarse emociones de alto impacto. De hecho, esto parece ser reconocido por la película de inmediato. Cuando vemos a Moana pequeña, junto a otros bebés, ella es la única que tiene animación distintiva en los ojos. La que posee, digamos, alma. Y esto se mantiene durante todo el relato. El rostro de Moana, la elegida, tiene una expresividad fascinante. O que podría ser fascinante, si no quedara mayormente desperdiciado y a la deriva.

Hay una frase de Oscar Wilde que dice algo así como que la arquitectura define la vida de la gente, sus nociones de belleza, su relación con el arte. La arquitectura del hogar y también de las casas vecinas, del barrio, de la ciudad. Siempre me pareció una de sus frases más acertadas. No recuerdo en qué libro está. En realidad sí me acuerdo, pero -para seguir con Wilde- me disfrazo de que no me acuerdo. Porque me acuerdo de otras cosas. Y de lo que quiero decir que me acuerdo, y de verdad me acuerdo, es en qué cine vi las miles de películas que vi antes de la era de los multicines, de las cadenas con gente que te corta la entrada y te dice “que disfrutes la película” aunque te dispongas a ver Irreversible.

La semana pasada hice un primer balance, sin incluir cine argentino, de las películas estrenadas comercialmente en 2016 en este país. Una oferta de la que muchos se quejan porque no es todo lo variada que sueñan pero que en realidad es más variada que en cualquier otro país de sudamérica, y de centroamérica. Sí, podría ser más variada, como en Francia, pero el francés es un sistema de distribución y exhibición con una sofisticación y una tradición y un trabajo de educación del espectador por ahora lejanos a nosotros.

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