Tal como dijimos en la columna anterior (¿dijimos?), la culpa no era del 2020 ni del chancho sino de quienes le daban de comer. Ya estamos en el dichoso 2021 y los cines en Argentina siguen cerrados, y el porcentaje de salas que cerrarán para siempre irá subiendo a medida que el tiempo de inactividad se acreciente. Cuando las salas cumplan un año cerradas algunos seguramente les hagan una torta de cumpleaños y les canten “feliz cierre sa-li-tas, se quedaron muer-ti-tas”. Claro, la torta será virtual y el canto quizás sea con algunos de los que cantaron “Imagine” hace meses mientras posteaban fotos de delfines y carpinchos. En estos tiempos de la humanidad uno piensa una idiotez como esa del cantito del cumpleaños del cierre y lo malo es que quizás ni siquiera está tan errado porque lo más probable es que suceda algo peor, algo más necio, más mortuorio y aún menos vital.

En estos días en los que se habló de lo que algunos dieron en llamar “toque de queda sanitario” o alguna fórmula similar de esas de cuidate querete ojito ojete se pudo ver un ejército de malabaristas intentando defender lo indefendible, con fórmulas tales como que la libertad individual “ya fue” y también con “opiniones y pareceres de aspecto amable” como por ejemplo afirmar que “las 23 horas me parecen un horario razonable para dar por terminado el día social” porque soy un particular individuo (gracias Idiocracy) que a esa hora ya está leyendo en la cama (dice el poema falsamente atribuido a Bertold Bretch que no se la hagan tan fácil). En nombre de una cacareada solidaridad hay gente que se autodenomina “de izquierda, buena y copada” -en el 103% de los casos con sus ingresos monetarios asegurados- que no logra ni empezar a imaginar las angustias de  comerciantes cuyas actividades se redujeron a la nada o a casi nada; que realmente no saben cómo van a pagar lo que deben y cómo van a conseguir su sustento económico en el futuro cercano, acuciante, que ya llegó mientras esperaban algún grado de racionalidad. En un mundo en el que la salud, para muchos monotemáticos, se ha convertido en la obsesión por un virus en particular, ya no es posible razonar. Ya no es posible entender ni siquiera que hay gente que se está enfermando de muchas otras cosas. Lo antedicho es perogrullo, pero quizás estemos en un momento histórico de destrucción de sentido y entonces habría que repensar cómo insistir con la comunicación de lo obvio, lo evidente, lo tautológico. Mientras tanto, y dado que estamos hablando de comunicación, pongamos algún eufemismo sobre el periodismo. Acá vamos (¿vamos?): salvo honrosas excepciones, se ha convertido en un nido de cretinadas, de groserías y de estupideces, y de un manejo del lenguaje al que llamar “bruto” es ofender al enemigo de Popeye.

Los “estrenos de cine” ahora se anuncian en cartelones por las rutas (poca gente en las rutas, poca gente en la mayoría de las playas, poca gente en los comercios… y eso significa comercios muertos y gente con peor salud y que se va a morir antes de lo que se suponía simplemente porque le prohiben trabajar). Los “estrenos de cine” se anuncian para ver en la casa, no en los cines. ¿Quieren vivir sin cines? ¿Sin cines? ¿De verdad quieren vivir sin cines? ¿En serio quieren vivir sin cines? Me dicen que “Y mirá, yo la verdad es que desde casa puedo trabajar y me inventé un taller de guion de cosas para chicos, porque viste que no van a la escuela, y además miré un montón de películas”. Sí, sabés qué yo también puedo trabajar desde mi casa y miré un montón de películas, pero hay mucha gente que no puede trabajar y la está pasando tan mal que no puede ni pensar en ver una película porque no sabe cómo va a hacer para sobrevivir en los meses que se avecinan, en este 2021 que vos creías que iba a ser mejor que el 2020 por alguno de esos motivos mágicos que te dicen que tenés que pensar y decir. Los cines siguen cerrados, las escuelas andá a saber. Y acá estamos (¿estamos?) escribiendo una nota estúpida y obvia de toda obviedad. Pero lo obvio ha dejado de ser obvio.