Vi Nope de Jordan Peele hace pocas semanas. Fue un desconcierto soleado, de campo abierto pero con montañas, de los buenos. Los chistes con la negación pasan por la cabeza y los niego, pero a fin de cuentas Peele también es un buen comediante y a la negación hay que usarla. Así que aclaro que no pienso leer todo lo que se haya escrito sobre la película, que debe ser un montón, o no, porque quizás mucho de lo que aparece como escrito se haya generado sin escribir, uno ya no sabe en estos tiempos. Como siempre o casi siempre siguiendo a Pauline Kael, dejaremos aquí algunas impresiones personales, que para la objetividad están los objetos y ni se me ocurre objetarlo.

Lo primero que salta y golpea a la vista es que el título en el idioma original es Nope. Acá le pusieron ¡Nop!, que suena a Plop y a Condorito. Y que suena además a palabra que no usamos, porque a lo sumo unamos Nah. Pero quizás otra gente use Nop, vaya uno a saber. Eso sí, ¿para qué los signos de exclamación? Eso no era necesario, en buena medida porque la película no es de las militantes de los signos de exclamación, enfatiza poco y no grita salvo cuando decide que es necesario hacerlo, en los momentos en los que eso genera ganancia narrativa o tensión dramática. Nope es más bien una película que niega los signos de exclamación, que no es ¡Nope! ni debería ser ¡Nop! Y ahora, como siempre o casi siempre siguiendo a Jean-Luc Godard, o mejor directamente Godard, podemos decir que Nope es una película que repele los agregados, las sumas, las multiplicaciones exponenciales, que es una película cuyo tono es sustractivo, que Nope no puede probarnos que dos más dos es cuatro sino más bien que dos menos dos es cero. Y sobre el asunto de los signos de exclamación -antes hasta les decíamos de admiración, tonta imprecisión-, como siempre o casi siempre siguiendo a Horacio Quiroga, recordaremos que el autor de Cuentos de la selva y de Cuentos de amor, de locura y de muerte (y esta es una película con animales y un poco quiroguiana) se quejaba hace ya cien años de que los distribuidores locales le ponían demasiado énfasis a los títulos de estreno en estas pampas, se quejaba de que los distribuidores creían que el público local necesitaba “sal gruesa”. Se quejaba de manera clarividente de estos signos de exclamación de ¡Nop!  

Nope tiene narraciones diversas en términos zoológicos, y que parecen divergentes pero convergen: la del mono y las de los caballos. Los caballos son los caballos del presente y del pasado reciente y también el caballo de las primeras imágenes en movimiento, o las primeras imágenes en movimiento para una de las ideas acerca de cómo contar esa historia, o esas historias, la de la fotografía y la del cine. La cuestión es que, nos cuentan los hermanos protagonistas de Nope, el jinete del caballo del glorioso experimento de Edward Muybridge era negro y era su antepasado. La fuerza del movimiento de Hollywood y los inicios del cine; de eso, entre otras cosas, trata Nope y lo hace sin signos de exclamación y con una fluidez narrativa admirable. Y también trata de la lógica del western, es decir el que unos cuantos notables han considerado el género cinematográfico por excelencia. Y de salir a filmar la aventura con el espíritu de la aventura: por eso anda por ahí tanta vitalidad de inspiración herzogiana en el papel que interpreta Michael Wincott.

Al final Peele nos dice que hay que volver al cine, a la cámara que no pueda ser anulada por los campos de energía extraterrestres o de súper seres, y que ahora la chica -negra- es la que puede registrar las imágenes que permanecerán en la historia, esas del monstruo extraterrestre, blanco Ala y ya no clásicamente verde.