
Cuando uno se acerca en 2025 a una película como Mishima de Paul Schrader, el asombro y la admiración están entre las reacciones más probables. Una obra maestra clavada en la mitad de la década de los ochenta del siglo XX, con Francis Ford Coppola y George Lucas como productores ejecutivos. Una biografía fragmentaria y fragmentada, planteada con un puñado de estéticas diversas incluso desde el color, pero que es un milagro de cohesión.
Con una narrativa de extraña -también milagrosa- fluidez cubista, este retrato ficcionalizado del gigante literario Yukio Mishima está basado en hechos reales, con especial atención a los hechos reales públicos del muy exitoso escritor japonés nacido en enero de 1925. Noticia de primer orden mundial, su muerte planificada y escenificada ocurrió en 1970 (hace 55 años, y esta es la columna 550 que escribo en Hipercrítico). La información sobre esos y otros hechos biográficos los encuentran fácilmente en Internet, la película la encuentran en Mubi. Y la película va más allá de ser un milagro de cohesión a pesar de -o por- sus estrategias y recursos variados: es, derechamente, un milagro cinematográfico.
Mishima es un cruce pasional, temperamental, el cruce de determinaciones, de gente formada fuera del mundo, o en mundos o lógicas fuera de su tiempo. Mishima añoraba y vociferaba un Japón ya perdido (en el tiempo, y además derrotado). Paul Schrader había sido formado en una tradición familiar religiosa calvinista, y ni él ni su hermano Leonard pudieron ver películas durante sus primeras casi dos décadas de vida. Es conocido el encuentro con Pauline Kael, con Martin Scorsese, y el cambio de rumbo de la carrera de Paul, excelso espectador y analista cinematográfico antes de convertirse en director. Hace un par de años, Schrader declaró que “uno realmente no puede dejar atrás su programación original”. Tal vez lo mismo podría haber dicho o pensado el japonés de familia aristocrática Mishima, que fue mayormente privado de contacto con su madre durante su niñez. En su crianza fue clave su abuela, es decir, una generación anterior, un Japón anterior, una tradición aún más corrida del tiempo presente.
La película empieza con el despertar del día de la muerte, y -armada en función del número dos, como decía Jean-Luc Godard sobre El hombre equivocado de Alfred Hitchcock- se cierra con el mismo paisaje y también duplica el acto ritual de la muerte, en la narrativa principal y en las derivas de la ficción dentro de la ficción. El corto Patriotismo, dirigido y protagonizado por el propio Mishima en 1966, es clave, claro, porque prefigura los hechos de 1970, y para Schrader es clave para construir esa puesta en escena de la espada del rodaje que no hiere (el actor Toshiyuki Nagashima es mucho más parecido al Mishima real que el protagonista Ken Ogata; cubismo en el armado actoral), para luego decir, doblemente al final, otra cosa. Para decir la verdad del cine, hecha de mentiras verdaderas y magníficas como la música de Philip Glass, la fotografía de John Bailey y el diseño de producción de Eiko Ishioka, que unos pocos años después ganaría un Oscar por Drácula de Coppola, en uno de los casos de mayor merecimiento de un premio en toda la historia. Schrader, por su parte, y considerando la potencia y osadía de su cine también en sus películas más recientes, hace rato que merecería estar considerado y revisado a la altura de sus cercanos Coppola y Scorsese. Pero también es cierto que Schrader, como Mishima, como su William Tell de The Card Counter, como su John LeTour de su también obra maestra Light Sleeper, como Travis Bickle de su guión para Taxi Driver se ve, desde lejos, como un irreductible, un singular, tal vez un solitario, o eso tiende a imaginar uno en función de los personajes de sus películas. Sea como sea, estamos desde hace medio siglo bendecidos por la actividad de este artista cinematográfico de primer orden, de los que van quedando cada vez menos, mientras el mundo y el cine se alejan cada vez más de la posibilidad de que aparezcan películas magníficas, fulgurantes y también lacerantes y perdurables como Mishima.



