
Hace unos meses me llegó una invitación a un festival que no conocía, en un lugar que no solamente no conocía sino que además nunca había oído nombrar: Bonito, en Brasil. Lejos de la costa, en Mato Grosso del Sur, cerca de la frontera con Paraguay. Y fui, fuimos, a fines de julio y principios de agosto, a la tercera edición del Festival de Cinema Sul-Americano de Bonito. Y encontramos un festival conectado con el público: las funciones y las diversas charlas no solamente tenían éxito sino que además estaban animadas por el entusiasmo, la curiosidad y la amabilidad, características que dotaban al aire del evento de una nostalgia anticipada, porque sabíamos que lo íbamos a extrañar.
Cine Sul-Americano, sudamericano, en la parte sur de Brasil, en Mato Grosso do Sul, bajo el otro Mato Grosso, el que no necesita aclarar que está más al norte. Sur, como la mejor película de Pino Solanas. Cine sudamericano, un cine que nunca produjo tanto, y tan variado, y que sigue sin prestar demasiada atención por fuera del circuito de festivales -salvo excepciones cada vez más escasas- a lo que se produce en los países de al lado. En una charla que di sobre “Narrativas regionales y desafíos del cine sudamericano” dentro de un Seminario sobre “Cine, políticas y mercado”, dije algo que es obvio visto desde Argentina y sorprendente desde Brasil: en Buenos Aires, Fernanda Montenegro podría caminar por la calle con muy pocas chances de ser reconocida como la figura pública que es cruzando la frontera. Los cines y las narrativas de sudamérica se desconocen mayormente entre sí, de forma más extrema que hace cuatro o cinco décadas, con el agravante de que ahora se produce más que hace cuatro o cinco décadas. Sí, hay un “ambiente profesional” que lo conoce, pero el cine necesita de mucho más que ese “ambiente profesional”. El sur también existe, y el festival de Bonito CineSur lo sabe y actúa en consecuencia: en el hermoso Centro de Convenciones que era el epicentro del festival, había una galería de fotografías de gran formato con actores y directores del cine sudamericano, como para ayudar a reconocernos. Entre los muchos invitados del festival -y en la galería fotográfica- estaba Antonio Pitanga, leyenda del cine brasileño de 86 años, actor de Glauber Rocha, etc. Claro, Pitanga también podría pasear por Buenos Aires sin ser reconocido.
Además de secciones no competitivas (incluída una infanto-juvenil), el festival tenía una pequeña competencia de cortos y largometrajes sudamericanos diversos, una competencia regional y también competencia de cortos y largometrajes de cine ambiental. Ninguna de las secciones era demasiado grande, y no había varias sedes funcionando al mismo tiempo (siempre el Centro de convenciones y quizás alguna función al aire libre o en algún otro lugar específico, en aras de la posibilidad de acceso de otro público). Es decir, el festival apuesta a centrar las proyecciones y las charlas en un espacio que se transite de forma cotidiana, que propicie el encuentro, el diálogo, la cercanía entre el público y los invitados, de los que había decenas, con representantes de la mayor parte de las películas que se proyectaban. Bonito CineSur es, a diferencia de unos cuantos festivales a los que uno ha tenido la oportunidad de asistir en Latinoamérica, un festival con vida más allá de la apertura y la clausura, un festival que se vive en el cine, en las comidas y en las charlas y seminarios. Un festival consciente de que el cine y su futuro necesitan de los festivales, pero de festivales conscientes de que existe un público más allá de “los especialistas” y que se preocupa por buscarlo. En esa búsqueda, claro, sirve que el festival tenga una identidad, y por una vez la decisión de tener una sección competitiva medioambiental no se ve como una concesión a los temas de moda sino como una propuesta que se integra, podríamos decir, con el paisaje: Bonito es un lugar hermoso, con múltiples posibilidades de conexión con la privilegiada naturaleza circundante. Es decir, Bonito es un festival pensado con criterio, en función del lugar en el que se hace, de los espacios que ocupa. Y, lo que es más importante, y lo vimos todos los días en el trato, en la amabilidad y en la alegría con la que el festival en su conjunto se relacionaba con los adultos y sobre todo con los niños, un festival con alma y corazón.







