
En una tira de Mafalda, Manolito reparte almanaques del comercio de su padre. Cuando se encuentra con Mafalda, antes de entregarle el objeto, le dice con entusiasmo: “vas a ver qué lindo paisaje tiene ¡con unos colores!... y una luna, un lago con botecitos, y vacas en la orilla, y cerros nevados, y en primer plano un cortinado, y un jarrón con flores, y mariposas…” La expresión del rostro de Mafalda, al ver la imagen, es de shock y estupor. Más de medio siglo después ha llegado una película que, secreta y tal vez involuntariamente, homenajea al almanaque del Almacén “Don Manolo”. Se trata de Pecadores (Sinners), escrita y dirigida por Ryan Coogler y protagonizada con ahínco por Michael B. Jordan.
La acumulación de objetos, personas, citas (incluida The Thing de Carpenter), guitarras, otros instrumentos, bailes, tiempos del mundo y tiempos del relato, de dobles y comparaciones, de duplicados y lecciones, de referencias sexuales y más y más, convierten a Pecadores en una película atiborrada, pletórica, incluso festiva, casi de potlatch, en la que durante su planificación y ejecución no se debe haber escuchado nunca el nombre de Robert Bresson ni pensado jamás en la expresión “menos es más”. Nunca estuve convencido de que los cultores del “menos es más” tuvieran razón en la mayoría de las veces que repiten esa frecuente falsedad, y siempre me cayó simpático el almanaque del Almacén Don Manolo, hasta he pensado en dibujarlo. Así que, por un lado, me gustaría celebrar el despliegue de todo lo mencionado -y mucho más- en Pecadores, e Incluso podría defender con ganas -y referencias a Moulin Rouge! de Luhrmann y El desprecio de Godard- el megamix megamundial y megatemporal del primer gran (mega) número musical multitudinario en el nuevo proyecto de bar de los gemelos más heroicos del mundo interpretados por Michael B. Jordan, que desde su apellido es vida y muerte, partida y llegada bíblica, uno y siempre dos. Los gemelos interpretados por Jordan son algo así como una parodia de un superhéroe o súper más cosas, pero sin parodia, creo. Los gemelos son grandes amantes, grandes tiradores, grandes hombres de negocios, e incluso pueden convertirse en Rambo al final -Jordan ha actuado con Rocky así que un Stallone más no era tan difícil de agregar-, o en uno de los diferentes finales que acumula descaradamente esta película.
Pero la posibilidad de celebrar la acumulación, la torrencial suma de elementos de las leyendas del blues y de mucha más música junto al apilamiento de referencias cinematográficas choca con otro frente de Pecadores, que es su alma inmortal de bodrio, narrativamente hablando. Y ahí es cuando la indudable energía que exuda la película le juega en contra, convirtiéndose en un multiplicador del desastre. Hay tanto aluvión y envión por decir lo que Coogler quiere decir sobre la historia y sobre las injusticias que va y lo dice, no una ni dos veces -como decía Calamaro que decía las cosas que tenía para decir Miguel Abuelo- sino muchas más. Pecadores parece una ópera prima de alguien que viene anotando mucho para decir cuando tenga la oportunidad. Pero Pecadores no es una ópera prima, y es una película de tal escala que uno supone que alguien podría haber señalado que contar las monedas de la recaudación de un evento multitudinario justo antes de sopesar la idea de que tres clientes (¡tres clientes!) puedan salvar los números era al menos un poco inverosímil.
Coogler es machacón, y Jordan lo acompaña en la corriente, con una convicción y un ego que refulgen -para bien, para mal y para la indiferencia y para mucho más que desconocemos- en cada decisión desaforada y con simpática fe en que quede impune, del director. Coogler no teme al mamarracho, y eso despierta a priori mi atención. El problema de Pecadores es que a los elementos chirriantes de las causas y consecuencias de las acciones de los personajes y a los elementos acumulados del almanaque de Almacén “Don Manolo” les agrega explicaciones. Explica lo que es cada elemento, cada mariposa y cada vaca, y no una ni dos ni tres veces: explica en modo desbocado. Pocas películas han usado y abusado tanto de volver a lo ya mostrado, a lo ya contado, a lo que se supone que el espectador ya conoce. Por momentos, Pecadores parece hecha para un espectador con problemas de memoria de corto plazo, severos problemas de memoria de corto plazo (¿ya dijimos memoria de corto plazo?). Así, sobre todo al final, la lluvia de inserts de lo ya visto para explicar los sentimientos llevan a esta película descarada a los terrenos de la narración descerebrada, ofensiva y televisivamente reiterativa. O incluso radialmente reiterativa, como cuando ya vimos -nosotros y los personajes- un montón de planos del incipiente amanecer y los vampiros gritan “¡el sol, el sol!”, y para que todos los espectadores entiendan lo que sucede, incluso los ciegos, para quienes Coogler bien podría planear un audiolibro que explique las bondades del almanaque que regalaba alegremente, con tesón y extrema convicción, Manolito.



