
En febrero de 2023 Michael Mann cumplió ochenta años. En diciembre de 2023 se estrenó Ferrari. Alguien, no alguien sino Michael Mann, hizo una película de este esplendor artístico, de esta contundencia cinematográfica, a los ochenta años. Mann se suma así, con pleno derecho, a los grandes que han hecho grandes películas de grandes. Por poner una cifra, con una edad por encima del promedio mundial de esperanza de vida: setenta y siete años y fracción, aunque menos para hombres.
En realidad el rodaje fue cuando Mann tenía setenta y nueve. Sin embargo, la antesala, la preparación, la maceración de la película duró décadas (se nota positivamente en capas y capas de abundancia de cine en esta película). Al respecto -y sobre otros aspectos de la filmografía de Mann- pueden leer esta muy buena nota de Sebastián Tabany. Ferrari es el regreso de Mann a su mejor forma, la forma perfecta, la forma deslumbrante, la que hace honor a las frases sobre forma y funcionamiento -y perfección- que aparecen en la película. Ferrari es el regreso de Mann al esplendor casi cegador de Miami Vice, de 2006. En el medio ocurrieron los tropiezos de Enemigos públicos (2009) y Blackhat (2015), y a juzgar por esas dos películas Mann no iba a volver (la primera fue una caída desde las alturas y la otra una película de director eficiente pero que parecía haber perdido la maestría). Pero Mann volvió y lo hizo con una obsesión propia, con una película magnífica, sobre un obsesivo como Enzo Ferrari.
Ferrari, claro, es una película sobre máquinas, como mucho cine de Mann. Uno escribe mucho cine de Mann y la máquina de las palabras -madres del pensamiento, para parafrasear y cambiar una vez más a Oscar Wilde- nos llevan a que Mann es mucho cine. Mucho cine, aunque no abrumador, aunque no aplastante. Mucho cine, para hacer y para amalgamar, para usar, como siempre, la tecnología disponible como pocos -¿como nadie?-, para narrar un accidente impactante en la vida real con un impacto cinematográfico indeleble, el de esos segundos que dura el accidente de las Mil millas. El accidente que terminó con esa carrera en el mundo real. Mann convierte ese accidente en cine inmortal y excelso; y esto se dice en tono meramente descriptivo, casi como un understatement (una atenuación, pero understatement es más que eso). Segundos de mucho cine que en realidad siempre son más, porque hay que llegar desde antes y hay que seguir después. Por ejemplo desde el guión, en el que se incorpora la historia real de un niño pero levemente -o fundamentalmente, da para una larga charla sobre los pequeños grandes cambios, los acentos apenas movidos- modificada, aquí puesta como advertencia en la escena inmediatamente anterior. Mann, cineasta con fuerte sentido moral, lo demuestra una vez más: el niño pequeño al que vemos en su casa es cuidado por su padre, y Mann no se permite el suspenso al límite de la ruta, el salvataje es antes. Además, Mann advierte visualmente con un captafaro -creo que así se denominan- anterior al fatídico. Y construye con música previa, pero con silencio musical cuando el accidente ocurre. Como ya había hecho antes en su cine, especialmente en Fuego contra fuego.
El accidente queda reverberando hasta el final y, como pasa en todo cine -o mucho cine- de innegable e irrenunciable cohesión, conecta con todo lo visto antes. Lo visto, claro, en este paraíso de mucho cine, es deslumbrante desde cualquier punto de vista, o mire donde uno mire o escuche donde uno escuche: un diálogo puesto para reírse de quienes objeten que se hable inglés en Italia (¿cómo dicen los ingleses?, pregunta en un momento Ferrari), la reconstrucción de época, la energía del ambiente de los países pujantes en los cincuenta (especialmente Italia en esos tiempos), la lograda puesta en escena -puesta en vida, puesta en momentos definitorios-, de la pulsión vital para atravesar las tragedias sin negar el dolor, las encrucijadas clásicas de los protagonistas de Mann. Mientras es asediado por el dolor de la pérdida -la mayor- y las otras pérdidas, mientras intenta seguir perfeccionando sus máquinas, mientras se preocupa por las dificultades económicas de su fábrica, mientras trata con los pilotos y mientras entra en conflictos de pareja, Ferrari vive momentos cruciales, esos momentos cruciales que atraen al cine de Mann, o al mucho cine de Mann. En esos trances Ferrari se hace -sin formularlas, claro, acá las cosas se hacen con cine, con mucho cine- las preguntas de la generación de los nacidos en la década del cuarenta del siglo XX y alrededores: ¿quién soy? ¿en qué me convertí? ¿cómo quiero ser recordado? ¿cuál será mi legado? En todo eso y en mucho más está comprometido Enzo Ferrari, personaje histórico fundamental y ahora también elevado a la categoría de protagonista del cine de Mann, del mucho cine de Mann.



