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Roma y no solamente Roma. Un presidente del gobierno y no solamente él. La ciudad y su cielo y, una vez más, no solamente. Y una vez más Toni Servillo, nunca de más y nunca, jamás, una expresión de más. Toni Servillo es una vez más, otra vez, un político en el cine de Sorrentino. Pero esta vez uno nuevo, creado para el cine: es Mariano De Santis, quien está terminando su mandato y también su carrera política. Se está yendo del trabajo y, probablemente, de la exposición pública. Está dejando cosas, rutinas, representatividad, visibilidad. Aunque, quizás, él crea -cerebral- que es más invisible de lo que es.

De todas maneras -y las maneras de Paolo Sorrentino son felizmente muchas-, el presidente De Santis oscila en diversos planos, por ejemplo entre la quietud de la terraza con su secreto cigarrillo vigilado y la inquietud por el engaño de su esposa, ya muerta. Entonces De Santis, o Mariano, es viudo. Y es padre de un hijo que vive muy lejos, cruzando el Atlántico. Y también es padre de una hija que trabaja con él. Padre de dos hijos: claro, De Santis tiene las suficientes décadas de vida como para haber tenido más de un hijo. No por el tiempo para tenerlos sino por los usos y costumbres de las otras décadas y de estas décadas.

La osadía de Sorrentino fue famosamente evidente desde su debut cinematográfico, y se ha mantenido en su carrera. Y los osados genuinos suelen sorprender y ser impredecibles, y esta osadía de Sorrentino excede, en La grazia, su habitual puesta a disposición de -puesta de escena generosa- muchos recursos. Sorrentino hace, en 2025, la película tal vez menos pensada: este es un relato acerca de un político fuera de lugar en el cine de estos tiempos. Un retrato de un político no solamente serio sino de un político en serio. De uno que sopesa sus decisiones en función de distintas variables. Un político que sabe cuál es su rol, y se pregunta qué se espera de él y también si lo que se espera de él puede esperar o no. O no, dos palabras y tres letras fundamentales. Sorrentino podría hacer su cine siempre con esta capacidad de deslumbrar. O no. Pero mayormente, generalmente, afortunadamente, lo hace. Y en La grazia lo hace -una vez más- con una capacidad singular para el sustantivo del título. Esta es una de esas películas tocadas por un espíritu superior, animadas por un aura que las precede y a la vez las excede, las hace permanecer en la memoria.

Uno de los aspectos imprevisibles de La grazia es que, en una clasificación superficial de la obra de Sorrentino, podría llegar a unirse -por tema, o por “retrato de un político”- a Il divo y Loro, sobre Giulio Andreotti y Silvio Berlusconi respectivamente. Sin embargo, en realidad está más próxima a la magnífica La grande bellezza. Por la belleza, también por el ennui en otro ambiente, por la religión y sus manifestaciones como horizonte ineludible, por cómo muestra Roma. No hay, claro, en La grazia, la desesperación vital que había en La grande bellezza. Hay otro enfoque aquí, otro tono, otra mirada, desesperaciones más quedas, frecuentemente menos explícitas. Otra emoción, porque La grazia es otra película emocionante de uno de los cineastas más generosos y menos calculadores (una vez más: ya el título y la estrategia futbolística de su ópera prima lo anunciaban). Una advertencia final, por si queda alguien ajeno al cine de Sorrentino: quienes gustan de los cineastas para los que supuestamente menos es más suelen no gustar de Sorrentino. En Sorrentino más es más. Lo ha probado muchas veces en su filmografía y también, una vez más, en La grazia. Y mediante esa convicción de suma y acumulación y no de resta llega -sí, una vez más, y más es más- a momentos como la esplendente presentación, en memorable charla, del personaje de Coco Valori. Una vez más con Sorrentino: ver y escuchar -La grazia y La grande bellezza- para creer.