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Por estar de viaje, lejos, no vi la película de Woody Allen modelo 2017, estrenada en Argentina a principios de 2018. Y ni recordaba la fecha de estreno, ni el título local, el bastante literal pero no muy acertado en términos de sentido La rueda de la maravilla, y creo que tampoco me acordaba de que me había olvidado de que se había estrenado. Y esta semana, por estar de viaje una vez más, volviendo otra vez desde lejos, estuve unas 18 horas dentro de un avión. Y estaba La rueda de la maravilla (es decir, Wonder Wheel ) en la oferta de películas para ver, así que un viaje sirvió para compensar lo que no había podido ver por otro viaje.

Wonder Wheel transcurre en Coney Island, Brooklyn, New York. Por hacer películas de viaje, o en viaje, o fuera de su terruño, Allen estuvo muy lejos de hacer todo su cine siglo XXI en Nueva York. Estuvo en Barcelona, Roma, París, perpetró su desgraciada filmografía londinense… Wonder Wheel transcurre en su lugar, en Allentown, que no sólo es Manhattan, claro. Pero una vez más, como lo hizo varias veces en el siglo XXI, se fue al siglo XX, en este caso a mediados. ¿El Allen del presente es mejor cuando relata el pasado? ¿El Allen del siglo XXI es mejor al viajar al siglo XX que al cambiar de continente? Café Society parecía indicarlo con mucha claridad. Wonder Wheel también, aunque con menor gracia cómica, menor chispa, menor cantidad de comedia, aunque la hay. Allen, tremendamente identificable y dueño de una firma muy clara, nunca ha sido un cineasta del todo homogéneo, y en muchas ocasiones eso ha sido uno de sus rasgos más encomiables. Wonder Wheel es una suerte de tragedia doble -grave y menos grave- sobre la paternidad y la maternidad y, sobre todo, es un melodrama sobre el deseo. El centro de ese melodrama es Ginny. Y Ginny es Kate Winslet, es decir, una de las actrices más formidables que haya dado el cine de las últimas tres décadas, una que puede cambiar el eje de su personaje y de la secuencia sin necesidad de montaje: aquí no importa tanto la noción de plano-secuencia, pero sí la de actuación-secuencia. El espejo de ese centro es el narrador dentro del relato Mickey (Justin Timberlake, mucho más que un ostentador de brazos): él es el bañero- aspirante a escritor- llamado deseo. En Wonder Wheel se cita en palabras a Shakespeare, a Freud, a Eugene O’Neill y, mediante otras formas, sobre todo a Tennessee Williams y a cómo fue puesto en imágenes y sonidos por Elia Kazan en Un tranvía llamado deseo (1951, claro, ahí en medio del siglo XX). O, mejor dicho, a cómo Williams fue puesto en iconografía perdurable por Kazan, el propio Williams, Oscar Saul, Marlon Brando y Vivien Leigh. Wonder Wheel plantea una operación de máquina del tiempo (esa es la noria, la vuelta al mundo, la referencia circular aunque no maravillosa) sobre el cine y sus maneras de hacerse, entre otras cosas con unos cuantos diálogos dignos de elogios sostenidos y personajes que huyen con energía de la indolencia o la indiferencia. Esa operación incluye el artificio de un decorado de interiores imposible -y una luz imposiblemente bella y alambicada de Vittorio Storaro-, cierta teatralidad nunca entendida como tal sino transpuesta al cine con convicción, y una apuesta asombrosa en los actores, actrices y personajes. Hay dos Blanche DuBois: Ginny-Winslet y Carolina-Juno Temple (y temple realmente se parece mucho a Vivien Leigh). Y hay dos Stanley Kowalski: el mencionado Mickey-Timberlake y Humpty, interpretado con gran prestancia por Jim Belushi (ver su secuencia inicial y el cambio en la palabra daughter). Ambos, increíblemente, se parecen al Brando icónico en camiseta. Hay más de un Brando icónico, y más de una Leigh icónica. Y, claro, mucho más que un único Allen, cineasta coherente y a la vez polimorfo.

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