Mi Suspiria de Dario Argento fue en la Lugones, en la última función de un domingo lluvioso de hace dos décadas. Tal vez más, seguramente más. Era fílmico y el rojo era un rojo del fílmico.

Había muchos rojos: rojo aterciopelado de cortinados, rojo sangre, rojo pesadilla y rojo brujas. Y sinceramente qué sé yo si era tan así, si las cortinas eran tan rojas o si llovía. Si me acordara del día seguramente algún servicio de Internet me podría decir si efectivamente llovió en Buenos Aires ese día, esa noche. Y el día no me lo acuerdo, y en la web de la Lugones seguro que no figuran las fechas de esos ciclos tan añejos. En casa tengo, en alguna bolsa, el programa del ciclo, junto con miles de programas de cine; pero estoy lejos y la verdad, o lo que me importa como tal, es que yo me lo acuerdo así, bajando los diez pisos por escalera cerca de medianoche y con un terror vívido. Y la lluvia débil. Ya había visto otras películas de Argento pero esto representaba un shock, un nuevo status: había visto una de las películas de mi vida, para citar una vez más a François Truffaut.

En 2017 programamos Suspiria en copia restaurada en el Bafici. Fue muy gratificante ver que en la venta anticipada de entradas resultó una de las primeras películas en agotarse, y sigue siendo gratificante saber que para mucha gente que la vio por primera vez en una sala de cine en esa ocasión fue una experiencia inolvidable.

Hace una semana se estrenó Suspiria-la remake, de Luca Guadagnino, y pensaba escribir más centrado en ella, pero leí lo que escribió Juan Pablo Martínez en A sala llena (http://www.asalallena.com.ar/cine/critica-suspiria-juan-pablo-martinez/) y mucho de lo que pensaba decir sobre la película ya lo dijo él, y dijo más, y con ímpetu y conocimiento, les recomiendo esa crítica. Yo, mientras tanto, confieso que fui a ver la película de Guadagnino con gran entusiasmo y con tremendas ganas de que me gustara, y en los primeros minutos fue placentero percibir las ideas desplegadas sobre los encuadres, casi sobre cada encuadre. Un trabajo, una artesanía probablemente encomiables. Sin embargo ese trabajo se revelaba, a medida que avanzaba la película, como un emprendimiento vano, algo se había colado en la máquina y convertía lo trabajado en trabajoso. Suspiria-la remake avanzaba y mutaba de forma creciente en una película cuyos engranajes se llenaban de arena y sus “ideas de apropiación” se volvían pedestres, encerradas en un deber ser histórico, para atrás y para ahora. Peor aún, se volvía una película atosigada por un deber decir, y además sobre temas que se sienten forzados. Suspiria-la remake anula, obtura el terror lacerante de la de Argento y en su lugar pone un listado de ítems a tildar, entre ellos el poder femenino y la Segunda Guerra Mundial, y les da tratamiento de yunques. Y así pasan los minutos de una película larga y sentimos que no habrá salida, que el relato -muscularmente enclenque por fuera de Tilda Swinton- tendrá muchos problemas para moverse, que Guadagnino vistió a su película con conceptos y pesadillas inviables y la aquietó. Algún momento intenso como la doble danza del primer tercio se pierde en una película de una confusión notoria, una de esas que al llegar al final explotan hinchadas de ridiculez, justamente por tener mucho miedo a soltarse, por miedo al ridículo, por no abrazar el barroquismo ni el manierismo, por seguir un programa al fin y al cabo solemne, uno que no cree en las emociones del cine sino en una caligrafía cargada del peso de “las ideas” que se tratan de meter en un relato a la deriva. Así las cosas, se llega a un final que se pretende la apoteosis de lo demoníaco y termina siendo una paparruchada. A su modo, la aparición de la anciana con cara de pato y anteojos negros y los planos expositivos de los castigos mortales por “el voto” quizás también sean momentos inolvidables, de esos que dan ganas de lavarse los ojos, con o sin lluvia.

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