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Nunca había ido a una gran ciudad cercana como San Pablo (São Paulo), Brasil. Fui, y volví, y aterricé en Buenos Aires veintisiete horas después de lo previsto. Pero los detalles de esa demora nada tienen que ver con lo que fui a hacer a la ciudad: estuve en el festival In-Edit, un evento amable, atractivo y diverso para esta actividad (link aquí). Y, claro, para además ver algunos documentales musicales. 

En San Pablo está una de las instituciones culturales más deslumbrantes que yo haya visitado, el Instituto Moreira Salles, cuya sede en la ciudad abrió en septiembre de 2017. Allí me encontré con un par de maravillosas exhibiciones fotográficas y con el libro más lindo que yo haya visto (y comprado). Sí, claro, sería mejor decir “uno de los más lindos”, pero aplíquese el criterio de Godard para hablar de películas, ya lo expliqué acá mismo para hablar de actores (link aquí).

En San Pablo probé en la calle comida -memorable- que no había probado, y fui a una sala de cine que está entre las mejores que yo haya ido. Y conocí la Cinemateca, que tiene dos salas dignas de imitarse aquí para cuando haya cinemateca (Colombia inauguró una nueva en Bogotá este año, México renovó y amplió la suya -Cineteca- en esta década que se termina).

Para regresar de San Pablo viví un vuelo que fue en realidad más de uno. Ojalá hubiera sido singular, y ojalá que sea singular en términos de no repetirse. Salida del aeropuerto de San Pablo (Guarulhos) hacia Ezeiza. Casi tres horas más tarde: “nos acercamos a Ezeiza, etc”. Una hora después todavía no había ocurrido el aterrizaje y muchos pasajeros estaban de pie. Auriculares afuera, entonces, y a ver qué había pasado: “estamos yendo a Porto Alegre porque en Ezeiza la niebla no permite aterrizar”. Aterrizaje en Porto Alegre, a sumar combustible y a esperar para que en Buenos Aires se fuera un poco la niebla. Dos horas después: “no se puede ir a Buenos Aires, a volver a San Pablo”. A despegar, con el ánimo averiado: “no se puede ya mismo, hay que bajar a dos personas que se sienten mal”. A seguir esperando. Avión sin comida, más de ocho horas adentro de uno de esos modelos no hechos para vuelos largos. Y otra vez en San Pablo, a pasar por todo el tramiterío aeroportuario y a viajar a un hotel a 25 kilómetros del aeropuerto, a comer a las 3am y a esperar a que nos dijeran a qué hora podíamos tener un nuevo vuelo, que ocurrió 27 horas después del original, con muchos de nosotros en los mismos exactos asientos que el día anterior. Llegando a Buenos Aires, niebla otra vez y turbulencias de las extra intensas. Ya parecía Groundhog Day, pero de repente se fue la niebla y se vio que ya estábamos a pocos metros del terreno de Ezeiza. Y el vuelo fue esta vez un solo vuelo.

Poco tiempo después del ansiado aterrizaje en el lugar deseado, me crucé con esta nota (link aquí) de Forbes sobre “Salas exclusivas para ver cine de arte en la ciudad de México”, y me hizo pensar en lo que hablé, planteé y discutí en San Pablo en el In-Edit acerca de cine, público, cine nacional, cine más allá del cine global y del local, distribución y exhibición, recuperación del cine como arte diverso para público diverso, de cómo comunicar el amplio territorio del cine, un arte que supo hacer de su multiplicidad una de sus fortalezas. La nota de Forbes muestra el encomiable trabajo que hacen, por ejemplo, los cines Tonalá -que están no solamente en México- y la Cineteca Nacional. Y muestra que habrá que hacer más y más esfuerzos por volver a hablar de cine, y no de cine tal y cual. Quizás ya no se logre nada y se siga segmentando y aislando cada vez más al cine con etiquetas y diferentes modelos de encierre y engorde. Quizás cada vez sea más raro pensar en general, como en la interrogación que dio nombre al insoslayable libro compilatorio de André Bazin. Pero habrá que seguir, y ojalá que podamos seguir pensando qué es el cine, y que sea obvio que el cine -sin más aclaraciones- es un arte, o que al menos puede aspirar a serlo siempre. Al leer “salas exclusivas de cine de arte” en lo primero que pienso es que esas salas tal vez no pasarían a los Hitchcock de hoy (o no lo habrían pasado a Hitchcock en 1950). Y también enseguida pienso que para que surja un Hitchcock hoy es mejor que haya salas de cine que no limiten su público con tanto etiquetado. Un vuelo que sale de San Pablo puede terminar otra vez en San Pablo, y el cine puede volver a ser todo el cine.

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