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Hay una regla no escrita en los festivales de cine y que se cumple con mucha más frecuencia que las normas explícitas de los reglamentos, bases y condiciones. Esa ley consuetudinaria podría formularse así: las comedias y/o las películas amables o incluso nobles no viajan por muchos festivales, o a lo sumo suelen quedarse en su tierra y quizás dar alguna vuelta no muy grande. Una regla cruel y paspada, por cierto, que refuerza la idea de quitar lo festivo de los festivales. O de quitarlo aún más. De reforzar la senda de eventos con fiestas y bailes y cócteles incluso alrededor de películas cruentas, sórdidas, de hambrunas y penitencias fílmicas, en nombre de algo así como lo sagrado de la solemnidad, o la pretensión del sagrado minimalismo triste.

Quizás esté exagerando con esta última queja, pero no creo exagerar con la del principio. Las películas más descuidadas en los festivales, y también en la cartelera, son las comedias, las películas nobles, las que buscan emociones más allá de las modas reivindicatorias. En los últimos años casi no he escrito sobre cine argentino en los medios en los que colaboro, aunque sí he escrito para el catálogo del Bafici. El entusiasmo, sin embargo, me lleva a esta excepción: vi en Abycine (Albacete, España) la última película de Ezequiel Acuña, la única que no había visto de su filmografía, que empezó por Nadar solo (Bafici) y siguió con Como un avión estrellado (Bafici), Excursiones (Bafici), La vida de alguien (Mar del Plata y Bafici) y La migración (Mar del Plata). La migración transcurre fuera de la Argentina, casi toda en Perú: Acuña vive en Lima desde hace algunos años. ¿Autobiografía? No, arte un poco autobiográfico, situaciones conocidas y de las otras, procesadas Y COHESIONADAS (sí, mayúsculas) por una mirada singular que reconstruye y modifica, y agrega y otorga forma de cine a las acciones, como buena parte del cine de autor desde Los inútiles y Los 400 golpes para acá.

Acuña en Lima, lejos de Buenos Aires y de Mar del Plata. Nadie es profeta en su tierra, podría decirse; aunque también podría decirse que el cine de Acuña –esté donde esté- no tiene quien le escriba. Aparentemente casi ningún cine tiene hoy quien le escriba. O al menos quien le escriba crítica. La crítica es una disciplina decreciente. El denuesto o la celebración en modos fanáticos están por todos lados, pero escasean las lecturas perfiladas, las miradas críticas en el sentido de enfrentarse –ponerse frente a frente, o un poco de costado para ver mejor, con una luz distinta- a obras mediante otras obras, los textos. Proliferan las “coberturas” veloces, con resultados que parecen llevar la velocidad y el apuro al pedo como lastre. Sí, al pedo, irrupción de otro vocabulario.

La necesidad de decir cosas rápido, muy rápido, ya, de proferirlo en “las redes”. La plaga de opinar apenas terminada la experiencia, o incluso en medio de la experiencia. Sin decantación, sin encanto, sin reflexión, incluso sin vivir la experiencia. “Cubrir”. Y a veces cubrir es ocultar, obturar, dejar sin respiración. La crítica debería poder llevarnos a la película, al cine; y llevarnos a la lectura, porque debería partir de la escritura. Y la escritura debería ser un problema a resolver y no un derrotero abúlico, automático pero sin el atractivo de los autómatas, sin sus hallazgos probablemente azarosos. Se habla a las apuradas de “descubrir” películas y cineastas que luego son “cubiertos” a las apuradas. Tanto correr para llegar a ningún lado.

Así las cosas, de nuevo, otra vez: cada vez más películas no tienen quien les escriba, quien hable de ellas desde una singularidad. Y el cine sin conversación, oral o escrita, hablada o leída, se debilita. Y otra vez la idea de Héctor Soto, de que una película no está completa si al final de su recorrido no hay un diálogo, ya sea la lectura de una crítica o simplemente una charla después del cine.

La migración tuvo poca escritura, poca charla alrededor. Al cine de Acuña le ha pasado como al cine de tantos directores latinoamericanos de este siglo pero incluso con peor suerte relativa: muy pocos potenciales espectadores se han enterado de la existencia de sus películas, de su valor, de que en sus retratos/relatos sobre adolescentes y jóvenes hay un cine que no sabías que te gustaba (sí, cambio de persona). En La migración uno de los protagonistas es alguien adulto, por primera vez en el cine de Acuña, alguien que está fuera de su país, que busca a un amigo con el que se distanció, con el que hizo música hace tiempo. Y encuentra a una adolescente, y hay otra amistad, intergeneracional. Y hay música, y mar, y esa sensación de no poder nunca estar del todo aquí, ni allá ni en ningún lado. A Acuña se le ha dicho que se repite, que ya es hora de abandonar a sus personajes (¡?). Siga, Acuña, siga. Seguí, Ezequiel, que alguna vez el arco dejará de moverse.

La migración es una de las películas más hermosas de esta década del cine latinoamericano. Una película que solo en estos tiempos cubiertos de coberturas y en los que la crítica agoniza o se oculta de formas mezquinas pudo pasar tan inadvertida. Una película que no grita, al menos no de forma explícita, una película que conversa con otro mundo, distinto, uno en el que discutíamos y nos importaban más las conexiones emocionales –que no dejan de ser intelectuales, claro– con las películas que la necesidad de opinar sí o sí sobre aquello de lo que todos opinan o, peor, ESTÁN OPINANDO AHORA MISMO. ¡Hay que decir algo sobre Zama y Los vengadores sí o sí! ¿sí? Escribamos de algunas cosas, no de todas, ni siquiera de todas esas pocas de las que tantos se ven obligados a decir algo, más bien poco. Seamos más pasionales, o al menos no tan abúlicos. Miremos con atención, no creamos que todos esperan nuestro veredicto veloz sobre cada cosa. O sobre cada película. O sobre cada uno de esos ítems que son “trending topic” en el mundo, o en el mundito cuyo techo creemos que está mucho más arriba y en realidad nos está achatando el pelo y acortando las ideas. Y quizás podamos volver a lograr que las películas que nos convocan, que nos interpelan, que nos llegan, puedan otra vez acercarse a nosotros y al público: quizás podamos volver a tener crítica de cine.

La migración y su generosidad necesitan y quieren generar más espectadores, más risas, más lágrimas, más emociones. Pero el cine de Acuña, en su amabilidad, jamás lo va a pedir a los gritos. Ni va a contestarles de forma directa a los que le dicen que está haciendo “siempre lo mismo”, ni les va a pedir que se saquen las anteojeras, ni que abran la puerta de la quinta o que la cuiden un poco menos, ni que vuelvan a escribir sobre cine. Cuando vean La migración quizás noten que pensar toda la película desde Guille es lo verdaderamente inmóvil, es seguir estacionado, acodado pensando lo mismo sin dejarse sorprender. Mientras tanto Acuña mira el mar y las nuevas olas y se mueve. Ergo, conmueve. Gracias, Ezequiel. 

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