Opina Deporte

El bochorno que Horacio Pagani volcó en las pantallas de TyC Sports el miércoles 18 de octubre no es otra cosa que la expresión más auténtica de la realidad de nuestro periodismo. Y esta apreciación no corre solamente para el periodismo deportivo.

La situación del atletismo argentino es preocupante. Mientras el periodismo deportivo insiste en silenciar al deporte madre, los atletas, en buena parte, resultan abandonados a su buena o mala suerte y la escasez de docentes en las escuelas secundarias, en los clubes y en los espacios públicos, confirmando así la poca atención a una de las disciplinas en las que la Argentina supo brillar.

Final del partido en Quito. El relator de TyC Rodolfo De Paoli, quien durante los noventa minutos se quejó de los periodistas críticos de la Selección al punto delicadísimo de llamarlos papanatas, se desahoga y le da palos a los que “tanto hablaban”. Para De Paoli, es más importante su bronca hacia sus colegas, de quienes no da nombres, que aquello que sucede en el campo de juego, los festejos o los detalles de un estadio Atahualpa con festejos.

Si algo caracteriza – en líneas generales – al periodismo argentino es su poca seriedad a la hora de realizar denuncias, o de callarlas.

Los recientes insultos del presidente de los Estados Unidos a un jugador de la Liga de Fútbol Americano y sus desesperados tuits pidiendo el despido de los jugadores que se arrodillan cuando se canta el himno de los Estados Unidos pusieron sobre la mesa el eterno tema de si los deportistas deben ser sujetos de protesta en los campos de juego o fuera de ellos. Cada tanto, como en 1968 en los Juegos Olímpicos de México, los gestos firmes de variados atletas yanquis despiertan cierta envidia a la distancia.

Si hay algo que se confirma en estos días, es el enorme daño que en todos los aspectos se les hace a los sectores más desprotegidos de la sociedad.

Los dolorosos tiempos del fútbol argentino tienen un por qué. Todo el mundo lo sabe, pero a nadie le gusta profundizar. Siempre nos creímos los mejores, defecto compartido con unos cuantos países que pensaban lo mismo. La simple cuenta de tener cada vez más futbolistas desparramados por el mundo, entrenadores que dirigían selecciones del Norte y del Sur, del Oeste y del Este, haber visto dirigentes argentos en los principales sillones del poder y ciertas Copas que nos emborracharon, ilusionan a cualquiera.

Mientras los vientos de la incertidumbre sacuden a la Selección, un tema preocupó al periodismo deportivo, casi a niveles de indignación.

Violando leyes y consolidando el mundo de los mediocres, ha comenzado con pena y lejos de la gloria, la autodenominada Superliga argentina.

El destino del deporte argentino es tan incierto como el del país. A días del inicio de la Superliga, a horas del fin de las transmisiones gratuitas y del retorno con todo de los monopolios periodísticos, la sensación de cataclismo es abundante.