Opina Deporte

O nos parece, o cada día menos argentinas y argentinos les creen a los medios económicamente más ricos del país. Se trataría de una buena noticia, sin dudas. La celebración de un 7 de junio más como el Día del Periodista (alguna vez se corregirá por el Día de los trabajadores/as de prensa), ocurrió en una semana donde la prensa deportiva argentina cuasi monopólica observaba con envidia la llegada de una serie sobre Julio Grondona y otros corruptos dirigentes del fútbol latinoamericano. 

Por suerte quedan periodistas deportivos en la Argentina. Que asoman día a día desde los medios más variados y que gracias a esta democratización de la informaciòn que la Argentina comenzó a gestar desde 2008 (con la interrupción del período 2016-2019) nos permite rescatar ejemplos de aquello que sí se puede hacer, para que el monotema del corona-virus no sea tratado como pretenden algunos/as (livianamente).

Es difícil elegir el mejor programa deportivo de la historia de la TV argentina. Pero es muy fácil elegir el peor. Netflix ha decidido poner en pantalla, para estos tiempos de peste, a la peste misma en materia de transmisiones de fútbol. Sí, sí, ha vuelto, en versión comprimida (menos mal), Fútbol de Primera.

Los tiempos aquellos en que el periodismo deportivo argentino se ocupaba centralmente de los problemas argentinos se encuentran cada vez más lejanos. Eran tiempos en que las tapas de los semanarios del deporte se nutrían de ciclistas, atletas, futbolistas, basquetbolistas, boxeadores (aún a costa de nuestro principio elemental de no considerarlo ya más un deporte) o cualquiera de las mujeres y hombres que andaba gestando hazañas, o soñando epopeyas en un estadio.

John Carlin, el periodista británico que desparrama sus notas en la Argentina en el diario argentino de la calle Tacuarí, se ha sumado a la extensa lista de periodistas del mundo que atragantados por la flojera de ideas alrededor de la falta de actividades deportivas, ya escriben y dicen cualquier pavada.

Estos días son insoportables para la mayoría de argentinas.os que consumen medios de comunicación. Salvo excepciones, en general conformadas por los periodistas militantes de la verdad, el aluvión de noticias falsas que se desataron tratando de imponer la idea “quieren liberar a los presos” apabulló a una Argentina que tiene que defenderse de tantas cosas, incluido del peor periodismo.

Mientras Eduardo Feinmann revolea incoherencias desde Radio Rivadavia inspirado en los silencios de la emisora triste y oscura de la etapa 1976-1983, los espacios deportivos se llenan de proclamas autoreferenciales emitidas por el ex anunciador de indultos, Fernando Niembro, alegando que han levantado su programa (Oral Deportiva) que él conducía todos los mediodías “por censura”.

En uno de los libros más importantes sobre periodismo, recomendable para todo/a joven que arranca en esta profesión, el compañero español Pascual Serrano dice: “En los últimos tiempos el debate sobre el periodismo se limita a discutir sobre el formato y la presentación. «Sustituyen el problema del contenido por la cuestión de la forma, colocan la técnica en lugar de la filosofía. Solo hablan de cómo redactar, cómo almacenar, cómo transmitir algo. Pero qué redactar, qué almacenar y qué transmitir, de eso ni una palabra”. (“Contra la neutralidad”, Ediciones Península)

No son todos días de tristezas al contemplar el mundillo de la prensa dominante y mercachifle en la Argentina. Buenas ideas, de algunos pocos buenos periodistas, alejan la sensaciòn de soledad informativa y creativa que abunda hoy en el país – sobre todo- en los espacios de televisión y radio. 

¿Mejores o peores? ¿Cómo quedará el periodismo deportivo después del coronavirus? La semana pasada nos preguntábamos cuál será el destino del deporte cuando los tiempos de la plaga se hayan ido. Mostrábamos remota esperanza. Para nuestra profesión, que vive en general a la sombra del resultadismo, y resuelve sus urgencias atrás de atletas vencedores, futbolistas vencedores, clubes vencedores, la cosa se le puso fea.