Dos semanas intensas dejaron sin aliento a la prensa deportiva. El caso Maradona y el caso de los Pumas todavía mantienen cierto interés, pero casi todo se ha dicho y, la verdad, poco bueno quedó en el pasado. Reina la mediocridad.

Sobre Maradona, no hay más para reprochar que el amarillismo propio de centenares de medios y miles de periodistas en todo el país que aún no descubrieron las maravillas del periodismo. Dedicados a otra cosa (podríamos llamarla adicción a las cloacas), se pasan los días en un escenario teatral que les proporciona la pantalla o las redes. Subidos allí, hablan de moral, herencia, bienes, hijos hijas, sucesiones, peleas familiares cual si fuesen angelitos sin pecados. El lodo de la estupidez y el olvido los sepultará.

Es cierto, la mayoría no son los y las periodistas deportivos. A este camión de la carroña se subieron panelistas y vendenoticias de cuarta que, sin Maradona y su familia, hoy serían voces no escuchadas a causa de su ignorancia.

Quienes se arrogan nuestra profesión tienen mucho para aprender sobre el concepto de noticia y mucho más sobre las buenas ideas. Pero quedará para la próxima…generación, o para el próximo…siglo.

Con Los Pumas sucedió algo particular. Fueron los periodistas de rugby (al menos un sector) los primeros que entendieron esto de separar deporte de deportistas, deportistas de dirigentes y clubes ricos de clubes pobres.

Mala conducta la de aquellos – una parte del periodismo general- que se la agarraron con “el rugby en general” acusando a todos.as de chetos sin alma, corazón y dos dedos de frente. No se trata de defender privilegios. Todo lo contrario. Se trata de dar puntada con hilo. Y en estos asuntos, es saber separar la paja del trigo. Que no es otra cosa que separar los odiadores de clase que los hay en todo deporte,  de quienes entienden a la perfección que en todos los rubros de la sociedad hay gente mala que quiere ganar plata y status a costa de quienes laburan de verdad y levantan al país y al mundo entero. Oligarcas vs. clase trabajadora no es un concepto del peronismo, ni del marxismo; es una sustancia propia de la humanidad que existe aún en el fondo del mar. 

Hace dos semanas en esta columna, rescatamos las buenas ideas de la Universidad Nacional de San Juan con debates sobre rugby y derechos que en pocas ciudades se lleva adelante; también advertimos sobre la exaltación desmedida de Los Pumas después de vencer a los All Blacks.  Todo fue escrito antes de la aparición de la soberbia de unos pocos jugadores, colmados de racismo y odio clasista, que por suerte generó una reacción social armoniosa pero contundente.

Esa reacción no encontró a los periodistas de rugby amalgamados en una tonta defensa corporativa. Todo lo contrario, muchas de ellas y ellos pidieron sanciones y al mismo tiempo escribieron una dura carta a la dirigencia de la UAR denunciando la censura previa a las preguntas que se hacen en las conferencias de prensa, los maltratos en la comunicación de la Unión Argentina de Rugby y las posiciones contrarias a la libertad de prensa e ciertos dirigentes. Poca prensa tuvieron esas decenas de firmantes de una carta de protesta que escaseaba en la prensa del rugby.

¿Habrá sido este 2020 el año de las modificaciones en la cabeza de muchos y muchas periodistas?  

Ojalá pase algo. Más de lo que pasó.