Han pasado unos días de su fallecimiento y los medios de comunicación deportivos no han sido justos con Leopoldo Jacinto Luque, el delantero que supo darle más sentido a su vida, sin estancarse en aquellas jornadas de goles, ovaciones, algún dinero ligero y cierta gloria de tribunas.

Luque fue una buena persona y un hombre con una conciencia que no abunda.

De los pocos integrantes de aquel equipo campeón del mundo en 1978 que supo discernir entre aquella historia de papelitos y copa levantada y el otro país que la prensa canalla y los genocidas escondían en las mazmorras de los tiempos de la picana y los vuelos de la muerte.

Si ya era humilde en su desempeño como estrella del momento (Luque fue de los más respetuosos personajes con los que uno trató) le agregó a esa humildad la correcta ubicación de quien reflexiona sin sacar al futbol del diario vivir de la sociedad.

A quienes pretendían separar el hecho futbolístico con el drama humano (la dictadura), Luque – y otros pocos, entre ellos Oscar Ortiz y Osvaldo Ardiles- les enseñó que no se podía. Que resultaba imposible refugiar a los futbolistas en castillos de cristal para separarlos de un país que estaba adormecido y ahogado por el discurso mentiroso y sangriento de Videla y sus secuaces.

Fue uno de los primeros deportistas que se puso del lado de las Madres de Plaza de Mayo y las acompañó en el acto del aniversario 30 del Mundial 78. Junto a René Houseman y Julio Villa fue al Monumental para jugar el simbólico partido entre la Selección de 1978 y un equipo de los organismos.    

En muchas de las charlas que se organizaron para poner a la memoria en su lugar Luque no olvidó. No perdonó. No se reconcilió con los autores del mal.

El mundo deportivo tiene estas cuestiones. Se exalta hasta el hartazgo a quienes son exquisitos en su especialidad. Se los ampara por sus títulos mundiales, sus copas, su pose de cancheros o hábiles declarantes (Chilavert y Ruggeri) o sus millones de dólares. Otras virtudes, como la sinceridad, el respeto por los Derechos Humanos, el escape al sensacionalismo de los medios, son olvidadas por una prensa que bendice la estupidez y el odio. 

Luque merece más que una necrológica y un recuerdo el día posterior a su muerte. Ojalá algún dirigente se despierte. 

En estos tiempos de charlatanes baratos cuando parece ser más importante el casamiento de un periodista que los problemas de fondo que causan al país los dueños del poder económico, rescatar a Luque y su voz sólo es un acto de periodismo.