La ola de desilusiones periodísticas por los 40 años de la guerra de Malvinas ha sido tan elevada como la otra ola de desilusiones, también periodísticas: los comentarios acerca del grupo que le tocó a la Argentina en el Mundial de Qatar.

Para la prensa deportiva, y para la prensa en general, el escandaloso comportamiento de miles de periodistas en 1982 sembrando de mentiras triunfalistas a un pueblo, no mereció reproches ni mereció memoria.

Olvido, olvido y olvido.

Cuánto cuesta que el periodismo critique al periodismo.

Salvo excepciones, los medios y las caras públicas del periodismo de este tiempo, escondieron bajo cuanta alfombra encontraron, una de las mayores vilezas que cometimos en aquellos años. El descalabro de creer que un Mundial (España 1982) servía para tapar el horror de una tragedia (la guerra), sumada al horror de una dictadura.

El escritor Eduardo Sacheri fue muy preciso hace un tiempo: “Lo de Malvinas fue impresionante. Una guerra de 70 días de la que nos vendieron 65 de fiesta”.

Esa fiesta tuvo dos protagonistas centrales. La élite militar-policial de 1982 y la élite periodística del mismo año. Ambas venían de la mano desde el golpe y exaltaban de igual manera los crímenes y las guerras.

¿Por qué el periodismo deportivo de hoy no se concentró – en este 40 aniversario- en resaltar que el país se embarcaba en un Mundial mientras centenares de pibes eran llevados a la masacre en Malvinas? 

De lo visto en esta semana, sólo un documental que emitió la TV pública el 2 de abril merece unas líneas para destacar. “Operación chocolate” se llama. Realizado por la Universidad de Quilmes y con la dirección de Silvia Maturana y Carlos Castro, cuenta la historia de la estafa sufrida por nuestro pueblo cuando se realizaban las maratónicas colectas de dinero, oro y alimentos y ropa para enviar a nuestros soldados en Malvinas. El trabajo contiene el examen crítico del rol de la prensa cómplice y de aquel bochorno que fue el programa de ATC “24 horas por Malvinas”. Se pueden ver en las imágenes a cuatro jugadores de la Selección que se preparaba para el Mundial de España llevando al canal el aporte de los jugadores.

Nunca más el deporte y el periodismo puede tentarse por las gargantas asesinas que llaman al combate. Y nunca más debe silenciarse cuando a las cosas hay que llamarlas por su nombre: a los dictadores,  dictadores, a los genocidas, genocidas.

Ahora que se viene un Mundial y que los afilados comentaristas del bla, bla, bla, ya empezaron a llenarnos la cabeza con supuestos conocimientos sobre Arabia Saudita, México y Polonia (para empezar), cuando en realidad nada saben del fútbol de aquellos países, sería bueno que se acostumbren a leer qué pasa en cada territorio. Que averigüen dónde hay libertades democráticas, dónde se vota, dónde hay penas de muerte masivas y mil violaciones a los Derechos Humanos más, para que nos ilustren un poco mejor. Y denuncien. Como no se denunció en 1982.

No vaya a ser cosa que se les dé, nuevamente, por agarrar las alfombras.