Quemar autos de jugadores del club como protesta por una mala campaña no es un asunto para atender livianamente.

Tal vez por ello las reflexiones de Gorosito el entrenador de Gimnasia son acertadas: "Primero me parece una pelotudez poner la rodilla en el piso mientras hay jugadores que se estaban jugando la vida. Me parece una boludez de todos, del gremio, los jugadores, los técnicos. De todos. Hay que tomar cartas serias. Con los chicos de Lanús pasó algo parecido y es como si no pasa nada".

Con rodilla sobre el piso, con una huelga, o con expresiones de repudio quizás se logre concientizar sobre el eterno problema de la violencia en el fútbol argentino, pero todos sabemos (y Gorosito más que nadie) que el tema central pasa por otro lado y ha sido la eterna siembra de una cultura de ganar y odiar, incentivada por muchos periodistas y medios de comunicación.

En estos tiempos, cuando también se alienta otro tipo de odio desde determinados medios hegemónicos, resulta indispensable el papel claro de la comunicación democrática, reflexiva y nada inocente.

Hemos sido consecuentes durante décadas con la necesidad de impulsar planes de educación que inviten a los pequeños a reflexiones de tolerancia y convivencia en el mundo del deporte. Lo hicimos a partir de los 90, cuando creímos que habíamos entendido que estos asuntos de las barrabravas excedía el asunto de patotas, connivencias con dirigentes y continuos cambios de legislación penal.

Comprendimos que el centro de la cuestión pasaba por el hincha. Hoy debemos escribir las hinchas y los hinchas. Que el aislamiento total de los violentos de los clubes pasaba por el compromiso de excluirlos – con calma pero con celeridad- de los clubes, lugar donde encontraban posicionamiento gracias a que las mayorías permitían, toleraban, simpatizaban con la ¿cultura? del aguante.

Hoy se reflotan las reflexiones. También eternamente desatendidas por los dirigentes de todos los ámbitos. Como tantas otras cosas, los problemas que se gestan en las bases populares de una sociedad, son desatendidos…hasta que la muerte avisa con su contabilidad.

Nuestra tarea – periodística y social- ya no es pegar los viejos gritos para calificar a dirigentes, policías, autoridades de ineptos, parte del problema, o amigos de la represión (todo eso lo seguiremos diciendo en la medida que encontremos e individualicemos a los responsables). Hoy, como ayer, la necesidad de una conciencia mayor acerca de para qué y por qué el mundo de los hinchas y el deporte debe ser pacífico y alejado de intolerancias hacia camisetas rivales, resulta indispensable. Una pequeña contribución, sin dudas, es un periodismo que detenga el show del agravio, el resultadismo y la estúpida pontificación del éxito y el dinero que abundan en el 90 por ciento de los programas deportivos.

A ver cuando empezamos.