¿Cuánto tiene que ver el periodismo en las salvajes represiones de policías de las más diversas jurisdicciones?

El reciente gatillo fácil de policías bonaerenses en la cancha de Gimnasia y Esgrima La Plata (excelente respuesta la del plantel  de Gimnasia cuando salieron a jugar frente a Banfield con una remera negra que decía "No fueron incidentes, fue represión"), es la milésima expresión de este mecanismo ilegal en los últimos años, estimulada por el discurso en los medios que apoya – explícita o implicitamente- la violencia institucional y judicial.

Suele repetirse frente a los micrófonos esta frase ¿Y dónde está la policía?, cuando se perciben aglomeraciones, ingresos masivos de público o situaciones que a la prensa le parecen “elementales” para que se accionen las armas, o se desplieguen los uniformados con palos y escudos o se lancen gases lacrimógenos.

No esperemos otra cosa entonces.

Mientras las policías argentinas, y mucho más aquellas que actúan en jurisdicciones gobernadas por políticos que odian lo popular, no transiten por aulas donde se las prepare para la prevención y el respeto a los Derechos Humanos, el llamado a la acción que se agita desde muchos medios, termina en muerte. En el fútbol, estamos cansados de contar estas historias y, después, de contar cadáveres.

Educar a la policía para las diversas situaciones que se dan en los espectáculos masivos, nunca es un asunto que preocupe a la prensa en general y la deportiva en particular.

Nuestras fuerzas de seguridad no conciben ni la inteligencia previa ni la prevención. Muchos menos todo tipo de soluciones alternativas a los distintos conflictos que se presentan en el mundo del deporte (el fútbol en especial) como venimos reclamando al menos desde el comienzo de este siglo (campañas de educación en escuelas, colegios, universidades, gremios y cuanta campaña pública se pueda realizar en el país). 

Es así que un policía obedece, y no cuestiona, las muchas órdenes ilegítimas que se dan a la hora de resolver una protesta social o el desarrollo de un partido de fútbol.

Lo ocurrido en Avellaneda, además, no puede despegarse de lo sucedido con los y las mapuches en Villa Mascardi. La educación de los jefes policiales toma elementos de las épocas más oscuras del país (la obediencia debida entre ellas). Así, una orden judicial de “hacer cesar delitos” se transforma -en el lenguaje policial- en un “entren, tiren, peguen, detengan”.

Darle la mano a un policía que había asesinado a un ladrón de celulares y hacerlo en la Rosada (caso Chocobar), y que ese hecho se aplauda desde algunas redacciones y pantallas, ha sido otra expresión que en la interpretación policial significa “tengo aval para hacer lo que se me ocurra”.

Hoy es hora de sacar conclusiones. Mientras unos se divierten con el pedido de cabezas políticas y otros solicitando la expulsión de jerarcas policiales y punto, muy pocos se detienen para cuestionar el rol de un periodismo más apurado por la sangre que por la verdad. 

Allí está el otro gran responsable.