felisberto hernandez

Por Cicco. Me fijé si se cumplen los cien años de su primera obra, Fulano de Tal, pero no: un año atrás se cumplieron 90. No calzaba. Chequeé si cae ahora su cumpleaños o amerita una efemérides redonda por su muerte. Y tampoco. El asunto es que quiero hablar de ese escritor demente y único llamado, Felisberto Hernández y no tengo excusa periodística alguna.

 

Felibserto era, en las letras, un freak. En lugar de dedicar sus relatos al a psicología de personajes, los dedicaba a profundizar sobre la topología de los objetos que nos rodean. Nadie describió un objeto con tanta puntillosidad como lo hizo Hernández, uruguayo y además, pianista célebre. Lo hizo tan bien que las cosas, bajo su mirada, tenían una inusitada humanidad. Mientras que los seres humanos que pasaban por sus cuentos, eran siempre opacos, siempre en sombras, siempre maquinitas de segundo orden. Las muñecas, las ventanas, los pianos y los vestidos tenían vida propia. Sus conocidos decían que albergaba con el género humano, un secreto resentimiento.

Felibserto se servía de las personas nomás como escenografía para contar los dilemas existenciales de las cosas. Como quien se sirve de montar a caballo para llegar a destino.

Un capo. Un loco.

Julio Cortázar lo admiraba. Italo Calvino también. Ambos le dedicaron textos elogiosos ponderando el talento de este escritor tapado que sólo unos pocos entendidos –unos pocos chapitas, como él- lo captaron.

El universo de Felisberto es un universo patas para arriba. Las cosas se lucen, y los seres se deslucen. Las se humanizan. Los humanos se consifican.

En uno de sus primeros relatos, Historia de un cigarrillo, plantea el eje central de toda su obra: “Hacía mucho rato que pensaba en el espíritu en sí mismo; en el espíritu del hombre en relación a los demás hombres; en el espíritu del hombre en relación a las cosas, y no sabía si pensaría en el espíritu de las cosas en relación a los hombres”.

Mis libros de Felisberto están llenos de marcas y anotaciones maravilladas. Hay frases memorables que quiero compartirles acá. Si no, ¿para qué corno escribir un texto sobre Felisberto en un día que no es su día? ¿En un mes que no es el mes de su muerte, cuando, de tan gordo, tuvieron que sacarlo por la ventana de su pieza, víctima de una extraña enfermedad llamada púrpura? Escribo esto sólo para compartirles a Felisberto. Abrirle las puertas de su casa, como quien invita a un amigo a conocer a otro amigo. Lo siento así: Felisberto está cerca, está acá, basta con abrir sus libros para encontrarlo siempre fresco, siempre joven, siempre franco en su locura.

Acá un puñado de muestra gratis que resalté de sus libros. Cada vez que las leo, me hace volver a creer en la potencialidad explosiva de escribir:

“Mi cabeza era como un salón donde los pensamientos hacían gimnasia, y… cuando ella vino todos los pensamientos saltaron por las ventanas”.

“Alcancé a ver en la penumbra el color blancuzco de las caras como si hubieran sido cáscaras de huevo”.

“Al verla de atrás con sus caderas cuadradas, las piernas torcidas y tan agachada, pareciá una mesa que se hubiera puesto a caminar”.

“El gran piano negó de cola, como un viejo animal somnoliento apoyado sobre sus gruesas patas, recibía mansamente las manos que golpeaban su dentadura amarillenta y le llenaban el lomo de barullo”.

Qué capo, Felisberto. El veía todo con ojos de niño. Inocente, solitario. Un tipo que, en un mundo cada vez más inhumano, descubría que las cosas tenían más dignidad que la gente que conocía. Porque, como bien escribió él, “Habiendo otra persona, ya hay traición”. Que todos los días sean aniversario de Felisberto. Si las cosas gobernaran al mundo, Felisberto sería un mesías.

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