Nunca supe quién me enseñó a jugar al truco, ese juego de barajas donde, el que mejor miente, es el que gana. Lo que sí sé es que en mi familia, y en la familia de otros amigos, una de las primeras cosas que nos enseñaban a jugar era al truco. Participábamos de torneos playeros aún antes de saber qué catzo era una raíz cuadrada. 

Eran buenos tiempos. Veranos inolvidables e irrepetibles. La gente se unía por un juego de barajas. Jugaban los grandes. Jugaban los chicos. Horas y horas. Los grandes pedían, a la tarde, clericó mientras el cielo se ponía rojo y luego negro. Nosotros, si nos daban plata, íbamos a comprar medialunas, o alguien traía galletitas. Pero lo que nos unía era el truco. Jugábamos de a dos, pero sobre todo, de cuatro y cuando daba el número, de a seis, pica pica incluido. 

El truco, como todo juego presencial, era una excusa para conversar. Y ahí conversábamos de la noche en el boliche, de la chica que nos dijo que no, de la chica que nos dijo que sí. El truco, en sí mismo, es pasatiempo conversado: se lo narra en voz alta, se ventilan detalles de barajas que no se tienen. Cuanto mejor el actor, mejor la persuasión sobre los rivales. Estaban los grandes truqueros de la playa: Pirulo, Mario, Horacio, mi tío José Antonio, mi amado papá. Ver a los grandes era ver la técnica cristalizada por años. A veces, los chicos, nos pasábamos horas mirando jugar a los grandes. Era despliegue visual, para el que sabe, desde el latigazo de las barajas sobre la mesa de madera de la playa cuando era una carta pesada y fuerte. Hasta el deslizamiento suave y sigiloso de una carta sobre la otra cuando se recibían las tres barajas y se descubría, en un lento striptease, la identidad de cada baraja.

 Era mejor que ver una película: los grandes se peleaban, puteaban, se mataban de la risa. Era teatro vivo, el truco. Al final, las barajas volvían al mazo –mazos resistentes Havana o Casino-, y las piedras del puntaje –negras, brillantes, recogidas los primeros días de verano en la orilla- se regresaban, por lo general, a un frasco. Y la vida continuaba, con el murmullo eterno del mar. Lo que se pierden los millennials.

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