Yo era una persona virgen e inocente –hablamos de la vida en las redes, claro está-, y cuando conocía a una persona, no me preguntaba qué tan importante o anónima era, o cuánto luchaba para dejar de serlo. Todo esto, hasta que me metí en Instagram. Y, a la flauta, todo cambió.

Por consejo de un amigo, yo había sacado una cuenta en Instagram. Pero la cuenta estaba abandonada. Jamás subía post alguno. Y si tenía algún seguidor, se habían aburrido de mi cuenta con atmósfera de baldío y yuyo crecido. Pero este amigo en cuestión se puso insistente a punto tal que afirmó: “Si no tenés Instagram, pibe, no existís”. 

En febrero publiqué un libro y me pregunté: “¿Por qué no difundirlo en mi cuentita abandonada y desértica de Instagram?” Tal vez, de ese modo, podría, tal vez no yo, pero sí mi libro: existir. Cortar el pasto de mi cuenta. Plantar algunas flores. En fin, convertirla en algo decente.

Pasaron cinco meses de esa decisión, y siento que en este tiempo, Instagram me ha, por así decir, envilecido. Antes, en tiempos de Facebook, uno a lo sumo le observaba a la gente sus fotos de muro, sus posts más o menos exitosos y populares, o más losers e incógnitos. Pero no pasaba de un fisgoneo sobrevolado y casual. La mirada que uno puede dar a otro en la cola del chino. 

Pero con Instagram el asunto es diferente y uno más que curioso chusmeta, se convierte prácticamente en un analista de mercado. Un ser que tiene estadísticas a mano, horarios de conexión, perfiles disponibles, un mundo de cifras que, depende a quién, elevan o sepultan.

Gracias a esto, se pueden sacar toda clase de conclusiones de este estilo: “Oh, este tiene muchos más seguidores que yo, pero considerando la enorme cantidad de posteos se ve que se desloma para tenerlos. Qué laburo bárbaro”. O: “Este tiene el triple de seguidos que de seguidores, debe ser un pobre tipo”. O: “Este casi no pone ningún posteo, está plagado de seguidores y a duras penas sigue a un puñado de cuentas. Debe ser un capo”.

A veces, uno preferiría no saber nada de la reputación del otro con el fin de darle una oportunidad, como quien abre un libro sin expectativas pero también sin prejuicios. Pero el espíritu del chusma es irrefrenable: y ahí está él, metiéndose en los vivos de Instagram para ver cuánta audiencia tiene tal filósofo o tal colega que, en su cuenta, enrostra multitudes de seguidores. 

Y sí: Instagram nos tuerce la percepción. Nos oscurece nuestra silvestre inocencia informática. Nos vuelve, vamos a decirlo, más jodidos. Pero nadie puede venir a decirnos nunca más que no existimos.

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