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Otra película animada. Otra película animada de lanzamiento gigantesco. Otra película animada que se basa en saberes recontra sabidos, incorporados incluso aunque no se hayan visto las películas de las que provienen esos saberes. Por ejemplo, hay rasgos de James Bond (película y personaje) que son conocidos por gente que jamás vio una película del agente secreto 007, con ninguno de los actores que lo han interpretado, de ninguna de sus seis décadas de existencia.

Estamos, entonces, ante Espías a escondidas, que se apoya reglamentariamente sobre Bond y sobre otras películas ya digeridas como marcas globales. Espías a escondidas es una película animada de, claro, espías, y que apela a esos “saberes previos” para que funcionen sus gracias o sus intentos de captar la atención. Esos saberes previos que se piden ya no son muy específicos ni trabajan con algún grado especial de detalle, como solía ocurrir con las parodias de ZAZ (Top Secret y La pistola desnuda, por ejemplo). Ahora las películas globales se refieren a saberes compartidos más superficiales, y así se tiende al mínimo común denominador. Y estos productos actuales no necesitan ser frontal o lateralmente paródicos: su trabajo principal es la alusión superficial, la referencia a lo ultra conocido como fondo de cocción casi inevitable. Esta película surge de un corto previo, pero como largometraje puede afirmarse que no es una secuela, ni una remake, ni una adaptación de un libro de ventas millonarias, de un cómic legendario o de un videojuego mítico. Aún así, la originalidad está mayormente ausente de Espías a escondidas. Por más que los personajes sean “nuevos” y que haya una idea estrafalaria y presentada de forma tosca como bandera de venta (convertir a un señor grandote y narcisista que odia a las palomas en… una paloma), no hay personalidad alguna en Espías a escondidas. La película huye de cualquier cosa que la pueda singularizar, se espanta ante la posibilidad de tener algo que la haga distinta.

En muy poco tiempo, apenas algunos meses, estas películas se nos apilan unas con otras, y uno llega incluso a no recordar con seguridad si las vio o si las evitó. Verlas o evitarlas no es importante en términos de relevancia cinematográfica, pero sí lo es en otros términos: estas películas son de laboratorio, de mezcla de ingredientes estudiados para no aburrir (aunque sí lo hacen), para tener muchos chistes (de los que, comprobado en vivo con una sala predispuesta, pocos llegan a buen destino), para que se desplieguen mecánicamente unos conflictos que se apoyan más en la sorpresa efímera que en la riqueza del suspenso, para que a cada rato haya secuencias “potentes”. En este caso, hay secuencias de acción que intentan ser espectaculares pero que demuestran que movimientos grandes no equivalen necesariamente a grandeza ni generan automáticamente un interés especial por el destino de los personajes. Así las cosa, más allá de su forma robótica y de su carencia de vida y de gracia, hay algo destacable e interesante en Espías a escondidas. Pero algo que se destaca y que genera interés no siempre equivale a algo virtuoso, a veces se trata de un mero síntoma de algún proceso poco saludable.

Es curioso que no se comente con mayor frecuencia una de las tendencias más claras y perniciosas del cine de animación y/o para todo público de estos últimos tiempos: la progresiva eliminación o suavización de los villanos, o su conversión en personajes “complejos” para que después de exponer sus razones ya sean poco o nada malvados. En la primera Frozen había un villano, en la segunda ya no: si en esta secuela se genera algo de peligro o se produce algún enfrentamiento es debido a desavenencias por algún malentendido del pasado, y al final todos nos entendemos y cantamos canciones feísimas. Luego de tres extraordinarias películas con malos memorables y consistentes, los que funcionan como villanos durante casi toda Toy Story 4 terminan cambiando y lavando sus pecados al resolver sus traumas. Y tenemos el proyecto Maléfica, con su peregrina idea de quitarle malignidad a una de las más grandes villanas de Disney. Así las cosas, en Espías a escondidas hay una campaña para que todos se odien menos y se quieran más: el protagonista espía pasará a querer a las palomas y el protagonista inventor nerd millenial amante de los memes y lo viral impondrá sus ideas acerca de combatir al mal sin lastimar y sin ser letal. Y la CIA decide que bueno, que ese es el camino a seguir. Así nomás, y ese no es uno de los tantos chistes que quieren ser mejores chistes pero que tanta corrección política no los deja crecer. De todos modos, al menos hay malos en esta película (no los traumen más por favor), y quizás esa presencia es lo que hace que Espías a escondidas sea un poco mejor que las oprobiosas Frozen 2, Toy Story 4 y Maléfica. Sin malos o con malos reversibles (pero sin el corazón trágico de Darth Vader), o con un manual prefabricado de buenos modales para combatir a los villanos, el cine se hace más rutinario, pierde atractivos y emociones, se debilita. Se vuelve uno de esos productos light que ya no son el producto sino un sucedáneo con saborizantes. Este cine hecho sin pasión ni convicción alguna vende su estudiada imagen de diversión constante pero lo que ofrece al probarlo es apenas un saborizante artificial que tiene el gusto blando, flácido y amorfo del “entretenimiento para todos”.

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