Mundo Cine

Metido en el mundo de los festivales de Rotterdam y Berlín, no presté la habitual atención a los estrenos de la cartelera. Y llegué y me hablaron de algo llamado Battle Angel. El título completo aquí es Battle Angel: la última guerrera, con una de esas aclaraciones que nadie solicitó. Y uno se pone a pensar en que, bueno, pase lo que pase ella, la guerrera del título, quedará en pie al final, ya que es la última. Y uno se pone a pensar en qué costumbre tan rara esa de poner unas palabras de un título en inglés y otras en castellano. ¿O será que se lo presenta como una traducción? No, no lo es. Fui a ver la película, y yo la llamo Alita. En parte porque el título es Alita: Battle Angel. De las tres palabras del original volaron la única que se puede leer directamente con la fonética castellana. Volaron Alita. Quizás sea alguna clase de chiste.

Mi Suspiria de Dario Argento fue en la Lugones, en la última función de un domingo lluvioso de hace dos décadas. Tal vez más, seguramente más. Era fílmico y el rojo era un rojo del fílmico.

El mes habitual de los listados es diciembre, aunque alguna gente los hace en noviembre, y eso que hacen balances “del año” -que sigue su curso, impertérrito. Pero no quiero hacer listados de lo mejor o lo peor o lo más o menos de 2018 sino encarar otra clase de balance, que se desencadena a partir del reciente estreno de Creed 2.

En promedio, la crítica estadounidense ha valorado a la película animada Wifi Ralph bastante más que a La mula de Clint Eastwood, una película con ánima, con alma. Al menos por ahora es así, puede verse en Metacritic, y no hay indicios de que vaya a cambiar: la tendencia es clara y las principales críticas ya han sido publicadas, subidas, compartidas, etc. Sobre La mula escribí acá: link. Y ahora quiero escribir sobre Wifi Ralph.

Como pasa todos los diciembres (incluso en noviembre) aparecen los pedidos de listas acerca de las mejores películas del año. La idea rectora es el “balance”, la de elegir lo mejor y a veces lo peor ofrecido en la temporada (que no siempre se corresponde con el año calendario, aunque en la mayoría de los casos sí). Y desde ahí armar -o no- los resultados de algún colectivo en particular.

Este año, por primera vez, estuve en África. Ese debut consistió apenas en una tarde y una noche en Adís Abeba, o Adís Ababa, la capital de Etiopía, en la escala del vuelo de regreso desde el Festival de Jerusalén. Fue uno de esos días en los que todo parece ser novedad, intrigante y excitante, incluso para alguien que ha tenido la suerte de viajar mucho. Pero lo de Etiopía es otra historia, que no ha de contarse aquí. Este año, en este último mes, pude volver a África, y por más días, debido a una invitación del Festival de Cine de Marrakech, cuyo director artístico es desde este año el ex director del Forum de Berlín, Christoph Terhetche.

Estuve como jurado de la sección oficial del Festival de cine de Gijón, en su edición número 56. Y con un número como ese al lado se hace presente la tentación de pensar en el cine de más de medio siglo atrás. El cine en los sesenta, el cine en los setenta, etcétera, su llegada al público, la variedad que ostentaba. Incluso el cine a principios de este mismo siglo tenía otro estatuto, otros aires de esperanza. Son momentos extraños para ver películas: el cine, los festivales, los directores, el público, la crítica… todo parece estar pasando por algún temblor. Se ha hablado muchas veces de crisis diversas pero tal vez estos momentos sean algunos de los de mayor incertidumbre, incluso mayor a la de fines de los ochenta y principios de los noventa del siglo pasado, cuando el VHS parecía destinado a dominar el mundo. Estos tiempos siguen indicando que el arte que definió con mayor fuerza al siglo XX no tiene la misma preponderancia en el siglo XXI. Pero mejor hablemos de películas en lugar de estar girando en abismos vaporosos, que las películas vistas en Gijón fueron a sala llena (esa hermosa excepción de los festivales), y los días con mis compañeros de jurado fueron para atesorar.

Desde hace algunos años la gente de BBC Culture me ha invitado a participar en sus encuestas sobre cine: las mejores películas estadounidenses, las mejores películas del siglo XXI y las mejores comedias. Este año la encuesta fue sobre las mejores películas no habladas en inglés. Para esta ocasión, la gente de la BBC contactó a muchas más mujeres críticas que antes, y en el texto que publicaron acompañando los resultados enfatizaron que estaban un poco decepcionados de que sólo cuatro películas dirigidas o co-dirigidas por mujeres estuvieran en la lista. Un énfasis un poco raro, hasta sobreactuado quizás, porque -aún considerando que pueda haber muchas películas dirigidas por mujeres un tanto ocultas a recuperar de diferentes décadas y diversos países- la apreciación de la historia del cine no cambia tan velozmente. Pero, más allá de estas cuestiones, quería hablar de algunos criterios a la hora de pensar un listado como este.

Vi Transit de Christian Petzold en Berlín. Estaba en competencia oficial. Finalmente no ganó nada. Es que, en este mundo de demasiados pareceres que se dejan soplar según los vientos de moda, había otras más “premiables” en términos más oportunistas. O quizás no le gustó al jurado Transit y ya, vaya uno a saber. Pero no es de eso que quería escribir sino de otra cosa, porque Transit se estrenó ayer comercialmente en Argentina.

En la columna anterior hablaba -otra vez- de ver películas en los aviones. Y hoy seguimos volando. Para algunos, la comedia es el santo grial, el género que buscamos denodadamente, con ansias de encontrar aquella que redima todo intento vano. Y le damos muchas oportunidades porque es el género más difícil de hacer, ¿o no? Y el que más nos recompensa cuando conecta con nosotros. Y es un género muy honesto, que en pocos minutos nos revela si va a funcionar o no o, mejor dicho, si nos va a funcionar o no. El humor y su llegada soplan donde quieren, o donde pueden. Borat, por ejemplo, no puede conmigo, o yo no puedo con Borat y otras películas con Sacha Baron Cohen como protagonista. Pero puedo con y quiero ver a Will Ferrell. Pero para llegar a Ferrell pasemos, porque hubo que pasar, por otras comedias.