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Libros y Lecturas

Lunes. Leo en la web que hay muchos más aviones hundidos en el mar que submarinos en el cielo. Es una frase graciosa, infantil, pero también irrefutable. El dolor de espalda parece controlado. Se va de a poco pero a veces vuelve. Temo que tenga que hacer algo más. ¿Qué sería ese algo más? En Mercado Libre compro Sobre la ciencia ficción de Isaac Asimov. Lo leo para corroborar que pensamos diferente en casi todo. No tenemos ni la misma idea de ciencia ni la misma idea de ficción.

Lunes. Releo algunas ya viejas entradas de este diario. Me resultan muy afirmativas en el sentido de “positivas.” Incluso alegres, ingenuas, incluso de pálida y soterrada indiferencia. ¿No debería la lectura ser crítica, impactar en algún lugar? ¿Qué es, de dónde sale, esa amabilidad? Mucho calor en Buenos Aires. Transpiro. Debería ser más cáustico aquí, en estas líneas, en este lugar. No creo que lo logre. Debería dormir más y mejor. No puedo. ¿Por qué?

Domingo. Aprovechando los feriados de carnaval, alquilo por dos días un departamento en Pilar. Manejo por la ruta 9, después por la 8 y llego en media hora. El complejo de departamentos es una manzana con cuatro edificios y en el centro hay un gran jardín con el pasto cuidado y una pileta con sombrillas y reposeras. En la puerta, un hombre me da la llave. Dejo mis cosas, duermo apenas la siesta y bajo a la pileta. Hay mujeres gordas hablando de comida, hombres muy bronceados. Hablan en voz baja. El agua refleja el cielo. Nado. Me gusta el silencio y el sol. Un hombre joven lee El jugador de Dostoievski en la edición de Eterna Cadencia. Yo leo a Holmberg. Media hora después aparece una chica muy joven, se acomoda en una reposera y sin sacarse los anteojos oscuros empieza a tomar sol mientras lee High Hitler, una historia de las drogas en el Tercer Reich. Me acerco y le preguntó cómo está el libro. “Nada que no sepamos” me responde.

Lunes. De todas las sonatas para piano, una obra a la que vuelvo siempre es la número 8 en Si mayor, Op. 84 de Prokofiev. Me gustan las disonancias adultas del comienzo, ese motivo que vuelve, expresivo, distante, serio, pero a la vez inteligente, desafiante. (¿Qué diría Prokofiev de esa adjetivación? Supongo que no diría nada.) Esas disonancias iniciales son una puerta que entiendo nos ponen una prueba, nos invitan a entrar, como un anfitrión que dice “vengan, pero antes escuchen esto, no los quiero engañar, lo que sigue es así.” Luego hay una serie de arpegios marcados con graves que son menos agresivos, unos agudos suaves que recrean cierta arquitectura general de la obra. Incluso en el vértigo o la velocidad no se va nunca de esa idea general de cosa seria, adusta, y a la vez proba, que se permite los matices, la sensibilidad. Es una música encontra del infantilismo, de lo lúdico idiota. La versión es Richter resulta un poco brumosa, por el piano en el que tocaba, por su romanticismo intrínseco, dramático, y por la grabación en sí. Pero si la música fuera perfecta, no existiría y no debería existir.

Lunes. Me transformé en una nómade. O debería decir soy un poco más nómade ahora. Ser un nómade, o copiar esa gestualidad, solo le puede parecer una ventaja o algo atractivo a una persona muy ignorante o aburrida de sí misma.

Lunes. Hago una lista de nombres, los que aparecen en El crítico como personaje. Mis contemporáneos están ahí. ¿Quién de nosotros escribirá los Comentarios sobre la guerra de las Galias? Leo en Wikipedia: “oculto tras la aparente objetividad de un memorándum militar, César forja su leyenda: su resistencia física, su capacidad para adaptarse a los rigores de la guerra, su camaradería, sus dotes conjugando a la perfección audacia y reflexión, sus habilidades diplomáticas, le permiten, en definitiva, conformar la imagen de un líder carismático e irresistible. ¿Ahora bien, quiere decir esto que la obra de César es poco menos que un folleto propagandístico, una sarta de falsedades? Algunos autores, así lo creen, pero el magistral estudio de Rambaud sobre los procedimientos de deformación histórica empleados por César ha puesto las cosas en su sitio: deformar la verdad no es mentir, sino presentar los hechos de una forma ventajosa. Es lo que hacen los abogados y lo que enseña la retórica: la narratio debe operar según el principio de lo verisimilis, presentando los hechos «tal y como han pasado o tal como han podido pasar». En Roma, la historia no era más que un opus oratorium maxime, en palabras de Cicerón.” Perdido en la enciclopedia de todos, en la Wikipedia, burdo, vulgar, ese párrafo nos enseña más sobre el arte de escribir y la historiografía, que muchos otros libros llenos de párrafos prestigiosos. De hecho, muchos escritores y periodistas de la actualidad no aprendieron lo que ese no tan pálido párrafo tiene para enseñarnos.

Lunes. Hace trescientas semanas que escribo este diario de lecturas y me pregunté varias veces si realmente estaba leyendo algo y escribiendo esas lecturas. (La otra posibilidad es no leer, y solo escribir, empujado por las asociaciones del lenguaje, tomando algún estímulo diurno o nocturno, la tapa de una libro, un título, una frase, alguna idea suelta, consignada al pasar.) También en un momento, resignado, pensé en que no existe un diario que no sea un diario de lecturas. Aunque entiendo que volcar ciertas experiencias escapa a esa clasificación. El recurso justificatorio es decir que uno lee con todo lo que tiene en mente y alma. Lee con el cuerpo, con la cabeza, con los genitales, con el corazón y otras vísceras, con el extracuerpo social, desde la neurosis, la angustia, la felicidad, y desde esa nada que nos rodea. La resignación existente, sin embargo, tendría que ver con el impresionismo, con las hilachas de la biografía, con el comentario arbitrario. Ahora escucho a Mozart para piano. Klára Würtz es una pianista húngara que grabó todas las sonatas de piano de Mozart. En YouTube se puede escuchar el registro ordenado, apenas un poco más de cinco horas de música. ¿Cuánto tiempo lleva escuchar esas sonatas? No es un acertijo. Tampoco podría decir que Mozart resulta inabordable. El disco tiene dieciocho sonatas. El proyecto de escuchar una por día llevaría dieciocho días. Pero parece poco. Una por mes, desde luego, me resulta excesivo. ¿Cuánto tiempo lleva escuchar una sonata de piano? ¿Cuánto tiempo llevar escuchar dieciocho sonatas? Würtz nació en Budapest en 1965. El dato me da alegría porque soy o estoy melancólico. Amadeus sonando todavía dentro del Imperio. Y entiendo que esa música, así tocada y escuchada, ese orden, me hace mejor lector.

Lunes. A los dieciocho años, hacia 1774, Mozart escribió su primer sonata para piano. En Youtube la encuentro tocada por Ivo Sillamaa en una instrumento que imita los teclados de fines del siglo XVIII. ¿Sonaba con esos énfasis románticos? Parece verosímil que, en los salones aristocráticos de capitales y provincias, el intérprete tuviera que marcar los fortes y resignar las sutilezas. El siglo XVIII fue un siglo de peso para las teclas, y también, desde ya, para esa modernidad que se gestaba. Luego leo la entrada que Wikipedia le dedica a Luis II de Baviera, el rey loco, el mecenas de Wagner. Y en un portal de noticias me entero que la Armada llevó un vidente a alta mar, a ver si puede localizar el submarino perdido. El titular dice: “La Armada subió a un barco a una vidente para ir a buscar al ARA San Juan.”

Lunes. El título original de Atrapado sin salida es One Flew Over the Cuckoo's Nest. La película lo toma de la novela de Ken Kesey, que la inspira. En Wikipedia leo que Ken Kesey pasó su juventud en Springfield, Oregon. La traducción argentina, Atrapado sin salida, es mil veces mejor que el engrudo original. Javier Alcácer sobre la foto donde Elvis le da la mano a Nixon: “Hay una película de ese día. A Elvis le pintó hablar con Nixon así que cayó a la casa blanca sin avisar. Quería ofrecerle sus servicios contra el comunismo y la droga. Y entró a la Casa Blanca calzado.”

Domingo. Me despierto con calor, transpirando, pese al ventilador. Agarro el teléfono y lo enciendo. Leo correos y redes sociales. Mavrakis me dijo una vez que lo primero que vemos cuando nos levantamos y lo último que vemos antes de dormirnos es el teléfono. En mi caso es verdad, y es ahí donde empiezo a leer también. Mi primera y mi última lectura del día. Después me levanto, desayuno y miro en la TV un repaso por los balnearios de Argentina. Dos minutos después, cerca ya del mediodía, salgo a la calle. El cielo está azul, sin nubes. El barrio está vacío. Camino con calor. El sol hace que todo brille.

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