Libros y Lecturas

Domingo. Golpe de estado en Bolivia. El gobierno argentino lo relativiza. Volvemos al siglo XX. Un gran retroceso para la región. El viernes soltaron a Lula, el sábado nació Paloma Terranova, mi sobrina, y el domingo los militares le pidieron la renuncia a Evo. Paz Soldán y Giovanna Rivero me dan vergüenza apoyando el golpe en Twitter. Intelectuales apoyando golpes de Estado, la verdad es que no sé qué es lo que me parece raro. Quizás mi ingenuidad fue creer que la historia había cambiado y que los letrados iban a valorar la democracia.

Lunes. No existe posteridad para la escritura. No existe la consagración más allá de cierto acceso al dinero, siempre insatisfactorio, y ese desagradable besamanos cultural, también amargo, incluso tóxico. ¿Un premio? ¿Un cargo político? ¿Una mención en alguna historia de la letras nacionales? No lo veo. Lo que existe es una necesidad de leer y escribir y un gran fardo de equívocos egoístas. Pero, desde luego, donde hay una necesidad hay un derecho. Y también un goce.

Lunes. En una charla con Macke me surge citar a Pablo. Lo hago de memoria. Y lo simplifico. Después busco Romanos y encuentro la cita original: “Nos gloriamos hasta de las mismas tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la constancia; la constancia, la virtud probada; la virtud probada, la esperanza.”

Lunes. “¿Sabés qué es Alberto?” me preguntó Carlos Godoy. “Es lo simple, bien hecho” respondió él mismo. Me impresionó la frase y la descripción. Lo simple, bien hecho. Le di las gracias. Una frase así siempre es útil. Siempre.

Lunes. Escribo sobre leer y qué leer y cómo leer en este diario y nunca escribo sobre el género “diario” en sí. Practicarlo, practicar el género, me resulta más simple y mejor que teorizarlo. Parafraseando a Diderot: ¿Para quién escribo? Para nadie. ¿Quienes me leen? No me importa. ¿Quienes escribimos? Todos escribimos.

Lunes. Cada tanto me duele la muñeca. Sobre todo cuando levanto algo pesado. Tuve que sacar un colchón de una cama y fue terrible. Pero no me duele mientras escribo. Mientras escribo no me duele nada.

Lunes. Leo en el DailyMail: “An australian tourist had her phone stolen by an orangutan at a Bali zoo.” Es probable que le haya hecho un favor. También leo que el perro de una mujer entró a un potrero donde había un camello y la mujer entró atrás y el camello se sentó sobre la mujer y le puso los testículos en la cara.

Lunes. Si una narración es experimental no satisface la lectura. Si satisface la lectura no es una narración experimental.

Domingo a la noche. Veo 2001: odisea en el espacio. El título me sigue pareciendo malo, en el inglés original y en español. Pero la película es de una precisión y un ritmo muy hermosos. Esa lentitud, esa ansiedad lenta… No creo que Kubrick haya filmado el alunizaje en un estudio oculto de Hollywood como se dice. Al contrario, creo que 2001 se rodó en un viaje real a Júpiter.

Lunes. Fuimos con Robles, Paula y nuestros hijos a Tecnópolis. No encontramos el predio en ruinas que nos predecían los agoreros de siempre pero sí había perdido su brillo y su épica inicial. (Eso en un punto me sedujo.) Nos sacamos fotos sonriendo en familia. Visitamos un pabellón dedicado al fondo del mar argentino, juegos para niños, un avión de Aerolíneas Argentinas, un predio con dinosaurios robots, y vimos una obra de teatro sobre la vida de Beethoven hecha con títeres. Me gustó mucho una muestra etnográfica en donde resaltaban unas máscaras selk´nam. En un momento pensé que quizás todo Tecnópolis no era más que el racconto de nuestras biografías transformadas en un imperfecto y atractivo parque temático.